Género


Vacunas, héroes y villanos


El disparador de la controversia alrededor de la vacuna contra el HPV fue una nota del diario La Nación titulada Vacuna del HPV: asociaciones de víctimas en distintos países denuncian efectos adversos, pero la polémica venía creciendo desde hace años, desde el momento en que se anunció el lanzamiento de la vacuna Gardasil y la OMS recomendó su aplicación. A esta altura, no es necesario explicar por qué la vacuna es necesaria, y por qué la nota de La Nación fue irresponsable. La Sociedad Argentina de Infectología y la Fundación Huésped ya respondieron con una réplica clara que detalla la evidencia disponible y muestra la seguridad de la vacuna. De todas maneras, más allá de las pruebas en su favor y de los innumerables beneficios de la vacunación en general, es poco probable que finalicen los cuestionamientos. Expliquemos por qué. Hoy las vacunas son víctimas de su propio éxito. La mayoría de nosotros no sabemos cómo era el mundo cuando las enfermedades que hoy son rarísimas se propagaban sin control. Los padres no viven con el recordatorio permanente de que su hijo puede morir, y por eso su relación con las vacunas es lejana, abstracta. Hoy la vacunación de los niños es una obligación dictada por el Estado y acatada casi en su totalidad por factores ajenos al temor a la enfermedad: generalmente, porque la escuela o el pediatra lo exigen. Hasta hace pocas décadas, en cambio, la vacunación era una demanda social y un motivo de orgullo para los padres. La polio, que va en camino a la erradicación total, quizás sirva como el ejemplo más dramático.

Más allá de las pruebas en su favor y de los innumerables beneficios de la vacunación en general, es poco probable que finalicen los cuestionamientos.

Son nuestros abuelos quienes nos pueden dar una imagen de lo que fue vivir las numerosas epidemias de poliomelitis que asolaron el siglo XX y que hoy, para la inmensa mayoría de la humanidad, son un recuerdo casi olvidado. Las epidemias, que se daban cada tres o cuatro años, implicaban la parálisis total de la vida social: guardias de hospitales atiborradas de padres inconsolables, informes en todos los medios de comunicación, cierre de escuelas, cines, iglesias y cualquier tipo de actividad social. La polio atacaba principalmente a niños en edad escolar, y sin aviso. La parálisis comenzaba pocos días después de que tuvieran una fiebre alta y no existía ningún tratamiento para evitar el progreso de la enfermedad. Los estragos eran visibles para toda la población, con niños que un día desaparecían de sus barrios para volver, meses después, en sillas de ruedas, con aparatos ortopédicos o confinados a pulmotores por el tiempo que les quedara de vida. Todos conocían al menos un caso de un niño que había perdido la movilidad o que había fallecido tras quedar completamente paralizado. Por estos motivos, el anuncio de las investigaciones para lograr la primera vacuna contra la polio fue recibido con entusiasmo masivo. Un ensayo clínico a nivel nacional de una vacuna experimental que utilice niños de edad escolar sería impensable hoy, pero exactamente eso ocurrió en 1954, cuando los padres estadounidenses ofrecieron a más de 1,8 millones de niños ꟷel 1% de la poblaciónꟷ para recibir las dosis experimentales de la vacuna Salk. De manera igualmente notable, el estudio también vio la mayor movilización de voluntarios en tiempos de paz en la historia, con más de 325.000 médicos, enfermeras y ciudadanos que se ofrecieron a administrar las vacunas, rastrear los resultados y publicitar la campaña. Todo esto, sin ningún tipo de dinero por parte de subvenciones estatales o compañías farmacéuticas: la vacuna Salk se financió a través de donaciones particulares y fue un éxito rotundo. En pocos años, la reducción de las tasas de polio alcanzó el 96% en los Estados Unidos, con resultados similares en el resto del mundo.

En Argentina, la vacunación masiva comenzó algo más tarde ꟷen los años 60 y 70ꟷ y la polio estaba prácticamente erradicada hacia fines de la década del 70 (con un  último caso en 1984).

En Argentina, la vacunación masiva comenzó algo más tarde ꟷen los años 60 y 70ꟷ y la polio estaba prácticamente erradicada hacia fines de la década del 70 (con un  último caso en 1984). Salk y Sabin, quienes desarrollaron los dos tipos de vacunas que hoy se utilizan, se convirtieron en héroes instantáneos: Salk apareció en la tapa de la revista Time y visitó la Casa Blanca, y ambos pasaron a contarse entre los nombres más reconocidos de su época. Sería una de las últimas veces en que un investigador biomédico fuera reconocido como un héroe mundial. Pasarían muy pocos años para que la imagen del hombre en guardapolvo blanco pasara a convertirse en un sujeto temible. Como las vacunas, los científicos también serían víctimas de su propio éxito. El hombre en guardapolvo blanco pudo haber sido un soñador en su juventud, pero hoy es malvado. Ya sea por fanatismo o por dinero, vendió su ciencia y su arte para pasar a ser un empleado del hombre más malvado aún, el hombre de traje, que está detrás del desarrollo de un arma biológica o de cualquier otra amenaza para la humanidad. El hombre de traje y el hombre de guardapolvo trabajan para una multinacional o para el ejército, en edificios siempre iluminados rodeados por alambre de púas y guardias de seguridad. En las zonas más recónditas de estos edificios hay animales modificados genéticamente, armas biológicas, clones humanos, incluso niños secuestrados. Para detener al Hombre en Traje y al Hombre en Guardapolvo, aparece el Héroe. El Héroe generalmente es un hombre ignorante que es víctima indirecta de los villanos. Quizás su hijo fue secuestrado por la creación del Hombre en Guardapolvo, quizás alguien cercano a él sabía demasiado y necesitaba ser eliminado, quizás simplemente los Hombres Malvados se cruzaron en su camino. Pero por el motivo que sea, el Héroe es quien descubre el malvado plan de los muy malvados villanos y ꟷgeneralmente a fuerza de puños y tirosꟷ destruye las amenazas y salva a la humanidad.

El movimiento anti vacunas seduce, en parte, porque abreva del mito del Héroe, el David tercermundista que se enfrenta al poderoso Goliat multinacional.

No creamos que la oposición a las vacunas tiene un origen infantil. Pero si el estereotipo hollywoodense del “científico malvado” tiene tanto éxito es quizás porque aborda algunas verdades y explota el imaginario de temores prevalente en el mundo actual. Quienes tenemos la suerte de vivir en sociedades occidentales no tenemos miedo de que la fiebre de nuestros hijos termine paralizándolos de por vida, y no vemos a nuestro alrededor otros casos que nos recuerden que eso podría pasar. Ese temor se ha desvanecido por completo. Tenemos otros miedos y otras verdades: sabemos que a lo largo del siglo XX varios científicos y gobiernos emprendieron investigaciones absolutamente reprochables que arruinaron la vida de miles de personas indefensas. Sabemos que la investigación biomédica hoy ya no se financia con los esfuerzos de los particulares, sino que está en manos de empresas multinacionales cuyo objetivo principal es el lucro, y sólo secundariamente la elaboración de medicamentos. Sabemos que los gobiernos, por corrupción, ineficiencia o intereses espurios, muchas veces colaboran con estas industrias y no ponen límites firmes. De estos miedos y de estas verdades germina la convicción hollywoodense de que no podemos confiar ni en los científicos ni en los gobiernos, y que una persona valiente puede ꟷy debeꟷ enfrentarse a las supuestas amenazas que ellos presentan. El movimiento anti vacunas seduce, en parte, porque abreva del mito del Héroe, el David tercermundista que se enfrenta al poderoso Goliat multinacional con la fuerza de su convicción y movido por la compasión hacia los más débiles. No es difícil elegir simpatías cuando de un lado se nos presenta un grupo de madres exigiendo que no se use a sus hijos como conejillos de indias, y del otro lado, comisiones de representantes de la industria farmacéutica y de gobiernos del primer mundo diciendo que no tenemos nada que temer mientras citan estudios y cifras incomprensibles para la gran mayoría. “Esta es una lucha muy dura para que la libremos sólo los padres… ¿es que no tienen hijas nuestros gobernantes?”, se preguntaba hace poco, con sincero dolor, Mónica León del Río, quien dirige la asociación Reconstruyendo Esperanza en contra de la vacunación contra el HPV en Colombia. Frente al clamor de las madres, la cuidadosa réplica de la Sociedad de Infectología y de la Fundación Huésped parece fría y oscura: “En Argentina la vigilancia de ESAVI (eventos supuestamente atribuibles a la vacunación e inmunización), con más de 2.000.000 de dosis aplicadas de vacuna contra el VPH desde su incorporación, cuenta con 208 ESAVI notificados (el 0,01%)”.

Quienes trabajan en políticas públicas de salud y quienes divulgan contenidos científicos cargan con una gran responsabilidad.

Frente a esta situación, es muy fácil para el periodista hacer un cuadro colorido que provoque pánico, y muy difícil ordenar los datos para presentar un panorama realista. Es fácil decir “El gobierno de Japón elimina la vacuna del HPV del calendario obligatorio después de que casi 200 colegialas sufrieran dolores inexplicables”. Es muy difícil explicar cómo se desarrolla una vacuna y los enormes estándares de seguridad que debe superar para ser introducida al público, que 9 millones de niñas japonesas recibieron la vacuna contra el HPV sin experimentar ningún tipo de efecto secundario, que los “dolores inexplicables” que sufrió sólo el 0,0019% de las japonesas vacunadas son perfectamente explicables, que la tasa de mujeres afectadas por dolores inexplicables es más alta en la población general que en la población vacunada, que es preferible que algunas niñas sufran dolores hoy a que miles de ellas mueran en veinte años, y que el Ministerio de Salud japonés enfrentó severas críticas por parte de toda la comunidad especializada. Y aunque podamos escribir ese texto larguísimo y aburrido, el poder retórico de los ataques a la vacunación no se desvanece al ver los datos: los números por sí solos no tienen fuerza narrativa. Quienes trabajan en políticas públicas de salud y quienes divulgan contenidos científicos cargan con una gran responsabilidad. Se trata de salvar vidas, literalmente, utilizando el bagaje de conocimientos acumulados por la investigación biomédica. No está de más, entonces, recordar algunos de esos fríos datos. Prácticamente todos los adultos sexualmente activos somos portadores de alguna cepa del virus del HPV. Aunque algunas son inocuas, otras tienen consecuencias peligrosas: los subtipos 6 y 11 pueden provocar verrugas genitales, y los subtipos 18 y 16 pueden provocar cáncer de orofaringe, cuello uterino, vulvar, vaginal, peneano y anal. Este no es un riesgo hipotético: el 5% de todos los casos de cáncer están relacionados con el HPV, incluyendo al 90% de los cánceres de cuello uterino, que se cobra las vidas de 1800 mujeres argentinas al año, y de 300.000 en todo el mundo. El examen PAP puede ayudar a detectar a tiempo el cáncer de cuello uterino, pero no todas las mujeres se realizan los controles pertinentes; otros tipos de cáncer pueden pasar desapercibidos hasta que es demasiado tarde, donde el tratamiento que deben hacerse es largo y costoso: la prevención tiene más sentido. Tenemos la suerte de vivir en un país en donde la vacunación es gratuita y universal. También tenemos la obligación de prevenir en nuestros hijos una enfermedad larga, dolorosa y potencialmente mortal.

¿Podemos volver a hacer que las vacunas tengan buena prensa?

¿Podemos volver a hacer que las vacunas tengan buena prensa? La campaña de vacunación contra la polio tuvo un contexto social favorable, en el que los científicos y la ciencia eran aún percibidos como aliados de la sociedad, frente a una enfermedad que dejaba secuelas muy visibles y que por eso provocaba pánico. Quienes trabajan hoy por la vacunación del HPV se enfrentan a un desafío mayor: deben hacerlo en un contexto social que desconfía de estas iniciativas, frente a una enfermedad que no ocasiona tanto temor y que ataca principalmente a mujeres mayores. Tras décadas de investigación, las organizaciones científicas tienen los datos que avalan la seguridad de la vacuna, pero no tienen la capacidad de convertir estos datos en historias que nos conmuevan y nos lleven a comprometernos con la necesidad de vacunarnos. Y sobre este punto es donde el periodismo científico debe funcionar como un aliado necesario/////PACO