Maldición de amor


“El acontecimiento es precisamente aquello que no puede ser creado, lo que nos sorprende. El mejor ejemplo que se puede dar de la idea de acontecimiento es enamorarse de alguien. Es algo contingente, sencillamente sucede, pero cuando uno se enamora su vida cambia por completo. Cuando uno se enamora lo primero que hace es reconsiderar toda su vida en perspectiva, como si se tratara de una preparación para ese momento milagroso”.
Žižek

 

Cupido trabaja para La Parca. Lo que verdaderamente está haciendo al flechar es marcar a sus “víctimas” para que La Parca luego avance sobre ellas. Así nos sacude Gustave Doré con su obra Cupido y La Parca (*). Esta lectura, que es una de las menos desarrolladas históricamente, es la única, entre todas las que hay, que toma en cuenta la fatalidad que siempre implica amar y, a pesar de la distancia temporal, nos permite un perfecto diálogo con la teoría del acontecimiento de Žižek y Badiou. Lo que Doré nos está diciendo es contundente: todo amor es fatal y el amor siempre implica fatalidad. El filósofo nos dice que el amor es un acto estrictamente violento, que nos invade y mueve de lugar, porque “el amor verdadero es absolutamente transformador”. El artista elige resaltar esa contundencia en el hilo que une al ángel con La Parca. Ese famoso hilo, que se relaciona con mantener los lazos a pesar de todas las vueltas que pueda dar la vida, también puede significar que termina atándonos o, incluso, podemos estar viviendo ambas situaciones a la vez. La representación de La Parca como una anciana hilandera es el reflejo de Las Moiras o Las Grayas de la mitología griega. Las viejas hilanderas controlaban los ciclos de la vida y los destinos en general desde sus hilos, y se creía que tenían más fuerza que cualquier deidad, porque ellas eran las que manejaban el tiempo, su presencia significaba que “había llegado la hora de”. Así y todo, uniendo de esa manera a Cupido con La Parca, Doré nos invita a resignificar esa fatalidad y esa “hora de”, porque en definitiva siempre hay algo muriendo y renaciendo en una relación de amor, ya sea desde un estado emocional individual a un estado compartido con el otro, porque al enamorarnos estamos frente a un cambio de visión, con mandatos y tradiciones que se ensamblan o chocan entre sí para dar paso a otros más representativos de ambos, también hay un perfil público y privado que transmuta, y sí, claramente, también sucede con la intimidad personal y conjunta, y esto sólo por enumerar algunos reflejos de esas “muertes” (fines de ciclo) a la que nos exponemos a partir del amor. Cada cambio de piel y de hábitos trae momentos de sacrificio y duelo. Este “hacerse cargo” de lo que implica amar deriva en una fuerza creadora que alimenta el crecimiento de la relación y de sus protagonistas a través de ella, pero no por ello es que deja de existir el hecho fatal o violento.

Cada cambio de piel y de hábitos trae momentos de sacrificio y duelo. Este “hacerse cargo” de lo que implica amar deriva en una fuerza creadora que alimenta el crecimiento de la relación y de sus protagonistas.

Varios años anteriores al libro Acontecimiento, Žižek decía que “la medida del verdadero amor es poder insultar al otro, en el verdadero amor se pueden decir cosas terribles y no pasa nada” agregando que la violencia existe a partir de la declaración del amor, y “es violenta porque arranca al ser de su contexto”. Por eso también tenemos que hablar de la fatalidad que no se puede resignificar, y aunque también es transformadora lo hace desde un lugar más resignado, más masoquista que laborioso, porque el encarar ese laburo emocional disolvería ese masoquismo. Este “amor fatal” es el que llega cuando no lo deseamos o buscamos, al menos no conscientemente.  Si tomamos la definición de “acontecimiento” de Žižek, el amor siempre llega así, pero no siempre su imprevista llegada nos pone en jaque, no siempre nos viene a “corromper” la idea (ilusoria) de control en la que nos habíamos acomodado y planificado el resto de la vida. El esloveno habla del miedo de “abrirnos a la imprevisibilidad”. Es en este escenario que la fatalidad la vemos en la manera en la que imponemos o recibimos resistencias o limitaciones, demorando o anulando directamente toda posibilidad de que esa relación pueda ser en plenitud, a pesar de todo el amor que haya en ella. Porque tratándose del amor que surge a partir del accionar de Cupido hablamos de amores correspondidos, el ángel siempre flecha de a dos, y el artista eso no lo toca ni lo modifica, de hecho alimenta la fatalidad haciéndola habitar en el libre albedrío pero complejizándola en la correspondencia, en lo que cada uno hace con esa correspondencia. Y es desde este aspecto de la pieza que sale lo más profundo de la obra: conocer el amor de la vida también puede ser fatal, y claro que violento.

El amor nos llega como una bendición, por eso la representación angelical, aunque el filósofo va un poco más allá y habla directamente de un milagro.

El amor nos llega como una bendición, por eso la representación angelical, aunque el filósofo va un poco más allá y habla directamente de un milagro porque, además, “una vez que ocurre, cambia todo”. Esa bendición o milagro rápidamente nos incomoda, porque lo que hacemos con ese amor ya no es una cuestión energética sino terrenal, con todo lo distintivo de esa “terrenalidad” (lo carnal, sentimental, intelectual, ideológico, cultural, tradicional, etc). Es justamente por eso que cuando el amor llega el papel fundamental lo pasa a jugar La Parca. Ella es la que nos señalan que es nuestra hora, y con su hilo nos advierte que tomar el llamado como no tomarlo tendrá sus consecuencias fatales. En palabras de Žižek, “cuando encontramos nuestro ‘verdadero amor’ parece que esto fuera lo que habíamos estado esperando durante toda la vida, como si, de algún modo misterioso, toda nuestra vida anterior hubiera conducido a este encuentro”. Por eso, “lo importante no es tanto el acontecimiento en sí mismo sino la fidelidad con la que uno decide comportarse respecto a él. En el caso del amor, la fidelidad al acontecimiento consistiría, por ejemplo, en asumir por completo las consecuencias de haberse enamorado”.

En el caso del amor, la fidelidad al acontecimiento consistiría, por ejemplo, en asumir por completo las consecuencias de haberse enamorado.

No ver cuándo nos sucede, por qué y con quién nos está sucediendo, evitar ver lo que nos está mostrando ese otro de nosotros mismos y de los dos juntos, no reconocer los mecanismos de defensa que creamos y en los que luego nos perdemos, entre otras incontables cuestiones, no nos evita quedar de frente a lo inevitable, o sea, a ese amor transformador que no tiene vuelta atrás más allá de las decisiones que tomemos. El escritor redobla la apuesta jugando con los idiomas para poder explicar mejor el punto “en español no existe esa expresión, pero en inglés y en francés literalmente se usa la palabra ‘caer’, caes enamorado”. Y caes enamorado y no hay nada que se pueda hacer, pero, a su vez, está todo por hacerse y, consecuentemente, suceder. “En este punto siento una especie de afinidad espontánea con la física cuántica donde la idea es que el Universo es un vórtice, pero una especie de vórtice con carga positiva y entonces aparecen cosas determinadas cuando el equilibrio del vórtice se perturba. Y de pronto esta idea se me antoja muy atractiva; no sólo hay nada, ahí afuera hay cosas. Significa que algo salió terriblemente mal; que aquello que llamamos creación es una especie de desequilibrio cósmico, una catástrofe cósmica. Las cosas existen por error. E incluso estoy dispuesto a llevar esto al límite y decir que la única manera de compensar esto es asumir que hubo un error y llegar al final. Y para este final tenemos un nombre: se llama amor. ¿No es el amor, precisamente, este desequilibrio cósmico?”, desequilibrio que Žižek advierte porque nos obliga a elegir y a intimar. No existe un “amor universal”, sino un amor dedicado, particular, a un “alguien”, a “ese” alguien.

La única manera de compensar esto es asumir que hubo un error y llegar al final. Y para este final tenemos un nombre: se llama amor.

Lejos de juzgar experiencias amorosas ajenas, vale decir, como si hiciera falta, que esta ola de entusiasmo hacía las cualidades “mágicas” del amor, lo único que hacen es, justamente, restarle todas sus gracias, disminuirle importancia y profundidad poniéndolo a la altura de cualquier otra vivencia.  En la exagerada santificación hay una armadura, hay un confundir de fortalezas y empoderamientos falsos, pero también es necesario ver, sobre todo post Día de San Valentín, que lo mismo ocurre con el exagerado desprecio al amor, tanto un extremo como el otro, delatan inmadurez. Frases como “el amor garpa” logran “rivotrilizar” el proceso que, justamente, te viene a despertar, a mover. Creer que “el amor no duele” es automatizarlo, creer que “el amor salva” es especular con el estado menos especulativo que como humanos podemos experimentar, además de la comodidad emocional que habita en todo pensamiento que necesita encontrar una salvación por fuera de lo que uno es y hace. Estas expresiones me recuerdan a la pareja que Woody Allen encara en una escena de Annie Hall, luego de discutir con Diane Keaton, para preguntarles cómo hacen para ser felices. Más allá de la ridiculización y exageración de ambos diciendo que no son profundos, que piensan poco, lo que generan en uno no es ni empatía ni burla. El efecto es mucho más llano e inmediato, lo único que surge es una repregunta doble: ¿amaron verdaderamente alguna vez, fueron amados? Y antes de escuchar cualquier respuesta, casi presintiendo que se viene una clase de espiritualidad narcisista, no queda otra que, entre suspiros, decirles esa maldición, que para algunos es gitana y para otros es árabe, que desafía “ojalá te enamores”/////PACO

(*) Cupido y La Parca es parte de la colección del Museo Nacional Bellas Artes pero no se encuentra exhibida. Fue donada  por Mercedes de Guerrico y María Salomé de Guerrico de Lamarca en 1938.