La máquina del tiempo 1

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Terra: Acabo de volver de comprar mi primer auto cero kilómetro. Lo fui a buscar hoy, después de muchos trámites, pagos y burocracia. Volví manejando abajo de una ligera lluvia de verano, y me parece que iniciar esta conversación así me termina de definir como un escritor realista. O al menos me condiciona. ¿Prefiero un auto nuevo que me lleve por el mundo antes que una máquina abstracta que me prometa volver o avanzar, visitar el pasado y el presente? Aunque quizás antes deberíamos formalizar un poco nuestras charlas sobre el asunto. Supongo que hasta H.G. Wells sintió alegría, una alegría irónica quizás, cuando se compró su primer auto cero kilómetro. ¿Fue antes o después de escribir el libro? La tercera máquina para mí sería la ironía. Sobre las tres tengo algunas cosas que decir y sé que vos también.

Robles: Estoy pensando cómo arrancar pero ya me largo.

Terra: Creo que deberíamos empezar historizando. Podrías haber dicho “necesito un poco más de tiempo.”

Robles: El razonamiento que lleva a Wells a construir la primera máquina del tiempo en 1895 es simple: una máquina que, en lugar de desplazarse por el espacio como los automóviles (el último grito de la modernidad, la máquina que iba a vencer a la distancia), se desplazara por el tiempo. De ahí en adelante puede rastrearse el desarrollo de la máquina hasta hoy en día. Y ese desarrollo es entrópico. No sólo en la forma de la máquina, que se va deshaciendo, que se vuelve irrelevante, sino en su utilidad misma:, ya no interesan los viajes al futuro sino al pasado, a lo que ya está muerto. A Wells, en cambio, ni se le ocurre viajar al pasado. Lo que a él le interesa es el futuro de la humanidad  ¿Qué sentido tiene un viaje al pasado? Si ya sabemos lo que pasó. Exploremos lo nuevo, lo diferente. Wells es un escritor moderno, un humanista, aunque haya en él un profundo pesimismo. Es una variante de ese movimiento que también pasó en los relatos sobre viajes al espacio exterior, desde Bradbury y Solaris en adelante: los tipos viajan a los confines del universo y se encuentran con sus mujeres, familia, padres, etc. Incluso en Interestelar hay algo de eso. Los exploradores de lo nuevo, lo diferente, lo desconocido, llevados al límite, se encuentran con lo que ya conocían, con lo que alguna vez fue familiar y ya no lo es. (Acá resuena un poco Lovecraft también). Más interesante, ahora que lo pienso, sería que un tipo viaje al futuro y se encuentre con sus padres muertos.

Terra: ¿En qué año se publica La máquina del tiempo de Wells?

Robles: En 1895. Según Wikipedia, en 1886 Benz patenta el primer prototipo de automóvil.

Terra: Entonces tu razonamiento falla porque en ese momento los autos no eran… Bueno, había autos pero Wells no debe haber tenido. O sea, no era un producto masivo.

Robles: No, no lo era. La máquina del viajero en el tiempo también es una extravagancia. Pero a esa altura, es posible (casi seguro, en realidad) que Wells conociera la existencia del automóvil. Además, imagino, era una idea que se respiraba en el aire. Saquemos el auto: la locomotora a vapor. En el fondo, es el mismo principio: una máquina que se desplaza por el espacio. Lo único que hizo Wells fue reemplazar “espacio” por “tiempo”. Esto lo dice explícitamente en la novela. (Voy a buscar la cita)

Terra: Creo que hay algo más. ¿Antes de Wells?

Robles: Mark Twain, Un yanki en la corte del rey Arturo. Hay viaje en el tiempo, pero no hay máquina. Y creo que hay un par de ejemplos más, pero siempre sin la máquina.

Terra: Yo historizaría más y especularía menos. Fines del siglo XIX es un momento muy especial. ¿Qué habrá entendido el primer lector ingenuo de La máquina de Wells?

Robles: Creo que ese primer lector ingenuo es un sujeto de la revolución industrial, es decir, ya estaba habituado al desarrollo tecnológico, a esta cosa vertiginosa que tenía la modernidad en los siglos XIX y XX. El cine, la aviación, entre muchas otras cosas, son inventos que se desarrollan o cobran impulso en esa misma época. Una máquina del tiempo tiene, desde ese punto de vista, y más allá de la analogía con el auto, una cuota de plausibilidad. Incluso antes de que Einstein formulara la teoría de la relatividad. Creo que es lógico que Wells sólo planteara un viaje al futuro. Aunque en la novela, técnicamente, la máquina también puede viajar al pasado (de hecho lo hace una vez, cuando el viajero vuelve al presente de la narración y les cuenta a sus amigos la historia). Creo que inventar una máquina que viajara al pasado, para Wells, hubiera sido tan absurdo como que Benz construyera un auto que se manejara marcha atrás. De todos modos, no sé si todo esto responde a tu pregunta.

Terra: Sí, y es una respuesta bastante sólida. Igualmente, creo que el primer lector ingenuo de la máquina de Wells no debe haber entendido nada. Como un hombre muy viejo en el 2000 intentando entender Internet. O un hombre muy joven también, por qué no.

Robles: Me gusta mucho esa analogía.

Terra: Máquina del tiempo, máquina digital. Alguna filiación tiene que haber. Estoy viendo que la editorial que publicó La máquina del tiempo se llama Heinemann y todavía existe. Terrible viaje en el tiempo ese. ¿Cuántos ejemplares habrá hecho?

Robles: Tengo entendido que fue un éxito editorial, pero eso no necesariamente quiere decir que haya sido un autor muy masivo, al menos con esa primera novela. Después escribe La guerra de los mundos, que también era una novedad. Pero otra vez los lectores -quizás los más jóvenes, los viejos seguro que no- ya estaban de algún modo preparados para esa lectura. Me refiero, sobre todo, a los lectores de Inglaterra, que era una potencia colonial.

Terra: Borges le reprocha que se haya puesto a escribir enciclopedias sobre el final de su vida. Ahí hay un gesto de hiperrealismo que Borges no comprende, y que le desagrada.

Robles: Es un poco el mismo movimiento entrópico que hay en Ballard. Una de las enciclopedias que escribe es una “historia del mundo”. Y es consecuente con esa primera novela, porque La máquina del tiempo es también una filosofía de la historia. El tipo imagina todo un desarrollo de la humanidad, con un final -que no es final, desde luego- bastante ominoso.

Terra: Estamos yendo demasiado rápido. Quedémonos un rato más con Wells y hablemos de Verne, que para mí es un escritor muy superior.

Robles: ¿Te parece que Verne es superior a Wells? ¿Por qué? A mí me gusta mucho Verne, pero me parece un tipo demasiado atado a la ciencia de un modo literal en algunas novelas, como De la tierra a la luna. En Wells eso no pasa.

Terra: Para leer a Wells, me resulta más relevante tener en cuenta los seis años que pasó en la Thomas Morley’s Commercial Academy que casi cualquier otra referencia. El estudiante correcto de la Academia Comercial. Verne imaginó más, fue más lejos, la muleta de la ciencia la tienen ambos. En Verne hay más aventura. Estoy convencido de que el desprecio general que cae sobre Verne se debe a que escribió muchos libros, que de una manera serializó su obra y su imaginación, se forzó a ser fordista. Si hubiera escrito cinco novelas, o incluso menos, tres novelas, lo habríamos leído de otra manera.

Robles: Verne jamás podría haber imaginado una máquina del tiempo.

Terra: Pero el Capitán Nemo está a la altura del Capitán Ahab. Wells no nos dejó tantos personajes memorables, tantos nombres propios como Verne. Verne era un maestro del nombre propio. Creaba gente. ¿Cómo se llama el hombre invisible? En cambio Phileas Fogg y Jean Passepartout nos van a acompañar siempre.

Robles: Tenés razón en eso, sin dudas, los personajes de Verne son memorables y los de Wells no. Pero yo lo estoy leyendo a Wells, quizás, más como a un filósofo que como a un escritor. Y desde ese punto de vista tiene una capacidad creativa que me resulta mucho más interesante. Todos los temas de la ciencia ficción están en Wells. Verne es la aventura, los viajes extraordinarios, ahí está también el hombre moderno, desde luego. Hay una definición de Capanna que me gusta mucho. Dice, con respecto a Verne, que se maneja muy bien científicamente en los períodos que Kuhn llamaría “ciencia normal”. Puede anticipar, por ejemplo, algunos desarrollos tecnológicos porque conocía muy bien la ciencia de la época y tenía una imaginación que iba en ese sentido. Pero no puede anticipar los cambios de paradigma. Por eso el viaje a la luna de Verne es un embole, y lo peor de todo: como está sujeto a la balística, una ciencia que quedó vieja, el cohete que manda queda girando en órbita alrededor de la luna.

Terra: A mí De la Tierra a la Luna me encanta justamente por esa carga de ridículo que tiene, aunque es muy probable que Verne no lo escribiera con ese humor. Igual tengo mis dudas, porque Miguel Ardan, el personaje francés que decora la nave despliega ironía y Verne se la pasa riéndose e incluso satirizando a los estadounidenses y su pragmatismo. Ahora bien, si para valorar un narrador tenés que señalarlo como filósofo en el camino perdiste lo más importante de la literatura. Wells tiene la banca de Borges, y eso pesa, pero Verne genera el mito de Raymond Roussel, su influencia es decisiva en casi todos los escritores de ciencia ficción y aventura del mundo. De la Tierra a la Luna es un libro hermoso, lírico y el único ejemplo que tenés porque después Verne anticipó el submarino, la tierra hueca, la topología turística con La vuelta al mundo en Ochenta días... Hablemos de Capanna.

Robles: No quiero quedar acá como el detractor de Verne porque no lo soy, sólo me gusta señalar las diferencias con Wells porque los dos se plantan de manera muy diferente con respecto a la ciencia y el progreso. Otro que lo banca a Verne, y muy bien, es Perec. Las mejores páginas de La vida: instrucciones de uso son Verne puro. Pero así como Wells se queda rengo con la construcción de personajes, hay un sesgo positivista en Verne que me molesta un poco. Simplemente eso. Un dato: desconozco qué opinión tenía Wells sobre Verne, pero Verne solía desacreditarlo por su escaso apego a la ciencia. Capanna, como comentarista de la ciencia ficción, me parece muy lúcido, a veces brillante, lo que lamento -o no sé si lamento, tal vez sea inevitable- es que últimamente él también se haya transformado en un convencido de que la ciencia ficción ya se terminó. Decir que la ciencia ficción está en todos lados es lo mismo que decir que no está en ninguna parte. Digo que es inevitable porque la ciencia ficción siempre habla del futuro. Y cuando el futuro vital se agota es más difícil mirar hacia adelante.////PACO