Otro helicóptero, otras historias


Richard Nixon abandonó la Casa Blanca el 9 de agosto de 1974, el día después de haber renunciado a la presidencia de Estados Unidos debido al escándalo Watergate. El instante previo a subirse al helicóptero nos dejó la foto icónica por excelencia de ese momento: sonriente, con los brazos extendidos haciendo la V en cada una de sus manos y con la bandera estadounidense que, estampada en la nave, asomaba sobre su cabeza. Esa imagen, ese gesto, y en realidad cada uno de los pasos en su despedida, compusieron una perfo que podría haber sido guionada tranquilamente para un sketch de lo que tiempo después se conocería como Saturday Night Live. “Creo que durante los últimos meses ha estado rozando el umbral de la locura. Había indicios de ellos en algunos de los informes internos de los últimos días; Nixon no quería dimitir y no entendía por qué tenía que hacerlo; la familia nunca lo entendió.  Probablemente sigue creyendo que no hizo nada malo, que en cierto modo le han acosado y ha sido víctima de una trampa tendida por sus viejos e implacables enemigos. Estoy seguro de que él lo ve como una campaña perdida más, como otro duro contratiempo en su camino hacia la grandeza”, contaba Hunter Thompson en una entrevista a Playboy (noviembre, 1974). El periodista y escritor, que llevaba tiempo trabajando para la sección política de Rolling Stone y venía cubriendo el caso, con todo lo caótico que eso significaba tratándose de él, había aportado bastante leña al “fuego Watergate”, a veces con certezas y otras tantas como estrategia para armar escenarios que lo favorecieran en sus búsquedas de información. Además, tuvo cruces y cercanías insólitas con Nixon, como una vuelta a Manchester en limusina, los dos solos, porque el presidente quería solamente hablar de fútbol y Hunter era el único entendido entre los presentes que podía complacerlo.

Hunter Thompson tuvo cruces y cercanías insólitas con Nixon, como una vuelta a Manchester en limusina, los dos solos, porque el presidente quería hablar de fútbol y Hunter era el único entendido entre los presentes.

En esa misma entrevista le preguntaron si creía que finalmente Estados Unidos se había liberado de Nixon, y él respondió que “probablemente sí” pero que era imposible no alarmarse porque “cuando llegó a California después de su último vuelo en el Air Force Once* dijo algo increíble. Se bajó del avión y le dijo a la gente – por supuesto todos estaban ahí para salir ante las cámaras, ya sabes: borrachos, niños, sargentos de la Marina… debieron tardar un huevo de tiempo en juntarlos a todos. Sin duda Ziegler (Secretario de prensa de la Casa Blanca y ayudante de Nixon) prometió pagarles bien y luego no les dio un duro, pero tenían allí a dos mil o tres mil personas. Total que Nixon dijo: ‘Simplemente creo que es conveniente que diga que el haber completado una tarea no significa que vaya a sentarme a disfrutar del maravilloso clima de California sin hacer nada’. ¡Por Dios! Un tipo que acaba de salir por patas de la Casa Blanca huyendo de Washington tras la mayor y más horrible desgracia de la historia política estadounidense, que se larga a California y habla de ‘haber completado una tarea’… Me hace pensar que tiene que haber otro factor dominante en la historia de esta catástrofe, además de la avaricia y la estupidez. (…) Puede que le haga falta otro golpe. Deberíamos esculpir su lápida y enviársela con un epitafio, en letras grandes, que diga: Aquí descansa Richard Nixon: era un rajado”. La cobertura de la renuncia de Nixon que hizo Rolling Stone salió en el mes de septiembre y no incluyó ninguna nota del periodista porque no llegó a cumplir, como era habitual en él, con los plazos de entrega. Frente al cuelgue del escritor y con el cierre por delante, los editores decidieron dejar la crónica en manos de Annie Leibovitz. El “plan B” se complementaría con las mejores fotos que ella le había realizado a través de los años a Nixon.

Lo que Leibovitz desconocía es que no todos se habían movido y dispersado demasiado. Atrapado por la misma secuencia, el fotógrafo africano Jean-Pierre Laffont disparó al mismo tiempo que ella.

Leibovitz se ganó la tapa y las ocho páginas principales para exponer su material. La estrella de la publicación fue una fotografía en la que Nixon no se ve y ya no queda prácticamente nada de toda la sobreactuación de aquél 9 de agosto de 1974 y ¿azarosamente? muestra el cinismo propio de los hechos. “Había demasiados fotógrafos cubriendo su salida, y todos estaban equipados, con varios elementos y teleobjetivos. Pero una vez que Nixon se metió en el helicóptero, miré alrededor y todos habían empezado a moverse. Yo me quedé ahí, estaba cerca, y me quedé mirando como los guardias ya estaban enrollando la alfombra cuando apenas el helicóptero comenzaba a tomar vuelo”, recuerda la artista en su hermoso libro Annie Leibovitz at Work, y también en algunas entrevistas y documentales. “Cuando saqué la fotografía pensé que era la imagen que nadie iba a querer, no es el tipo de registro que se busca para estos hechos, las revistas buscan otra cosa, otro impacto, no tienen lugar para algo así, sin embargo ahí había un momento, un momento haciéndose de otro momento”.  También contó que le llamaba la atención como muchos colegas, en vez de sacar fotos, saludaban al presidente mientras el helicóptero partía. Lo que Leibovitz desconocía es que no todos los fotógrafos se habían movido y dispersado demasiado. Atrapado por la misma secuencia, el fotógrafo africano Jean-Pierre Laffont disparó al mismo tiempo que ella, registrando una imagen que si no fuera por el campo visual que abre, se podría pensar a simple vista que es la misma. Esa imagen forma parte del premiado libro que contiene una selección delicada de su trabajo en Estados Unidos, libro que es fundamental para los interesados en la historia y en la fotografía, Photographer’s Paradise: Turbulent America.

La admiración es el reflejo más íntimo de lo que odiamos y de lo que amamos, por eso nuestros amigos y enemigos son mejores que nosotros o se complementan, interpelándonos, hablándonos.

Las dos fotografías crecieron con el paso del tiempo, tienen algo que está ahí mostrándose que no nos es habitual y que se termina de revelar cuando le ponemos al lado la historia real. ¿Por qué resultan tan sensuales estas imágenes, por qué son noticia más allá de lo insólito que es ver exactamente lo mismo en dos fotógrafos diferentes, por qué se hacen fuerte en el revisionismo más allá de ser el contraste perfecto al clima preparado de esa jornada? Estas fotos nos traen la primera escena posterior a donde las películas terminan, o sea, son el verdadero inicio y nudo de la historia. Es ese fin de fiesta que no da lugar a la pose, es la turbulencia desnuda, ese punto solitario donde no hay personaje ni multitud que podamos inventarnos para sentir más liviano lo que nos pesa. Podríamos decir que le escapan al final feliz pero, en realidad, son el “no final”. En la RS de noviembre salió la crónica del indomable y rabioso Thompson. La nota fue acompañada por la imagen icónica de Nixon que hablábamos al principio, la imagen que lo muestra lejos de haber sido el único presidente en la historia de Estados Unidos que tuvo que renunciar a su cargo. Hunter no pudo escaparle a ese truco visual, pero es difícil juzgarlo. Exactamente 20 años después, en una entrevista a Vanity Fair, le preguntan cuál es la persona viva que más admira, y él responde “Richard Nixon, a pesar de los rumores sobre su muerte”. No hay sorpresa en esa respuesta, aunque ya tuviera hace décadas un buen epitafio preparado para él. La admiración es el reflejo más íntimo de lo que odiamos y de lo que amamos, por eso nuestros amigos y enemigos son mejores que nosotros o se complementan, interpelándonos, hablándonos sobre lo que tal vez desconocemos, limita o más nos incomoda de nosotros mismos. Quizás es en el plano de las relaciones de pareja que mejor podemos entenderlo, porque podemos no tener confianza pero aun así amar, porque la confianza, de una manera o de otra, es una elección y una construcción. Pero la admiración, en cambio, es autónoma e indomable, se siente o no, es una fuerza natural propia que nos colma de vitalidad, que transforma nuestras vulnerabilidades en fortaleza porque uno desea y necesitar estar a la altura del otro. Cuando la admiración nos falta, deja el espacio para que aparezcan las tantas variantes de la desidia, no sin antes llevarnos por ese momento trágico en el que nos damos cuenta que ya no estamos admirando al otro, momento trágico y terrible porque es lo más literal que se puede presentar el fin del amor y la alerta para tener que dar vuelta la página, o no y en todo caso dejar que la desidia haga lo propio pero sobre nosotros mismos. O, mejor dicho y en palabras del propio Thompson, “al final, no se trata tanto de cómo triunfar en la vida, sino de cómo sobrevivir en la vida a lo que hemos escogido”////////PACO

 

* Las citas de Thompson son textuales según aparecen en el libro El último dinosaurio, que es una recopilación de notas y entrevistas, pero el “Air Force One es el indicativo que da el control del tráfico aéreo a cualquier avión de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que transporta al presidente de los Estados Unidos y solo cuando él esté a bordo puede adoptar ese indicativo de llamada, mientras tanto se considerará como una aeronave civil.” Para ser específicos, Nixon se trasladó en el Army One y al bajarse de él es que da el discurso al que Hunter hace referencia.