La Ley de Convertibilidad, las relaciones carnales con el FMI, el achicamiento del Estado, la baja en el PBI, el estancamiento económico, la retirada de los inversores extranjeros, la flexibilización laboral y las transas sin fin de la corruptela política. La memoria sobre lo ocurrido en Argentina luego de una década de políticas neoliberales todavía está fresca. Todo condujo al país a su estallido inevitable cuyo máximo desmán puede reducirse a unos pocos fotogramas: cacerolazos, saqueos, treinta y nueve muertos y un helicóptero. Hoy, por la forma entre new age e idiotizante que caracteriza la comunicación estratégica nacional, la crisis de 2001 hubiera sido narrada como un paraíso de oportunidades, como un nuevo amanecer, la posibilidad argentina de volver a empezar y reinventarse. La falta de dinero en efectivo hubiera hypeado al trueque como la forma vintage de intercambio, la desocupación hubiera sido postulada a través de las bondades de poder pasar más tiempo con la familia, el hambre como la más infalible de las dietas, el corralito como un novedoso sistema de ahorro. Por desgracia y por fortuna, el relato nunca es lo suficientemente fuerte como para imponerse a la realidad.

Palos Verdes no sólo coincidía con el espíritu naturista del nuevo emprendimiento sino también con la añoranza de “llenarse de guita” de cualquier trabajador sano.

Ricardo fue muy cortés y se ofreció a llevarme a Palos Verdes. Nos encontramos temprano en Villa Urquiza y encaramos en sentido oeste para recorrer más de cuarenta kilómetros hasta la quinta. Habíamos acordado vía mail que pasaría el día ahí para vivir mi primera experiencia nudista. Lo primero que me preguntó cuando me subí a su auto fue si Paco tenía algo que ver con la droga. “No”, le contesté. “¿Y Palos Verdes tiene que ver con el dólar?”, le pregunté. “Sí”, me dijo. Ricardo había sido un prolífico empresario de la construcción la mayor parte de su vida. Había comprado el predio al que nos dirigíamos en los años setentas y desde entonces se había dedicado a la fabricación y la venta de ladrillos. Había traído maquinarias de Brasil, había empleado cerca de una veintena de obreros, había hecho dinero e invertido en negocios menores relacionados al turismo en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires en la época de Alfonsín. Cuando llegó el 2001, la PYME de Ricardo dejó de funcionar. Con seis hectáreas en el corazón de Moreno, la pregunta entonces era qué hacer, cómo generar ingresos, cómo rearmarse. El hilo se había cortado por lo más fino y la crisis había sembrado un estado de desorientación y aturdimiento. Las posibilidades en ese contexto no podían ser muchas porque tampoco quedaba demasiado resto para invertir. Y como por obra de la ocurrencia y la necesidad —y digamos que con una mueca bastante metafórica de lo que ocurría en el país—, Ricardo hizo caso a la sugerencia de una amiga y el 12 de octubre de 2012 el predio se inauguró como “campo nudista”. Tuvo que aprender un negocio desde cero y tuvo que animarse a sacarse la ropa por primera vez. Y Palos Verdes no sólo coincidía con el espíritu naturista del nuevo emprendimiento sino también con la añoranza de “llenarse de guita” de cualquier trabajador sano.

Además de nudista, el campo es un espacio swinger, y por eso hay habitaciones con colchones enormes ideales para revolcarse entre varios.

Cuando llegamos al campo, entré en razones de que estábamos en medio de una zona semi rural rodeada de countries y casas quintas. En la entrada, Ricardo me presentó a los peones que estaban levantando unos pilares para montar el nuevo portón automático. “Ella es periodista”, les dijo, y los saludé con timidez. Ellos me correspondieron con seriedad, como si mi presencia los privara de comportarse como lo harían habitualmente. Ricardo se tomó el trabajo de hacerme un recorrido por la inmensidad del lugar y contarme con detalle el proceso de forestación que él mismo había realizado. Eucaliptos, álamos, sauces, azucenas, robles, casuarinas, margaritas salvajes, cortaderas, bambú, achiras y variedad de palmeras. El cerco exterior es tupido y alto para garantizar la privacidad de los nudistas, y los caminos internos —de tierra, de piedra, incluso uno hecho con durmientes de ferrocarril— conducen a todos los rincones del campo. Hay una zona de parrillas, otra donde se permite acampar, un buffet, piletas enormes, baños y un lago cubierto de vegetación que ya poco tiene de artificial. Además de nudista, el campo es un espacio swinger, y por eso hay habitaciones con colchones enormes ideales para revolcarse entre varios. La construcción de las prestaciones fue paulatina y de acuerdo a lo que “la clientela fue pidiendo”, según me explicó Ricardo. Hacia el final del tour, y antes de que me dejaran librada a la experiencia, vi desfilar entre los árboles a un hombre que caminaba sin ropa y sin destino aparente. No reaccioné ni dije nada, pero pensé que lo que estaba viendo podía bien ser parte de una novela de Houellebecq o de una película de Paolo Sorrentino. Me di cuenta de que lo disonante en ese contexto eran mi jean y mi remera blanca. Hacía mucho calor y estaba despejado. La fronda misma y la música de los pájaros me habían sugestionado: necesitaba quedarme desnuda.

Resolví sacarme la ropa ahí mismo y ponerme la bikini por el tiempo que fuera necesario hasta ganarle la pulseada a la desnudez.

En la zona de una de las piletas, Ricardo me presentó a un matrimonio habitué y fue a ocuparse de sus asuntos. Ella y él estaban desnudos, dorados por un bronceado perfecto sin la más mínima marca. Charlamos un poco sobre nudismo, sobre sus ocupaciones y se interesaron en mí. Les pregunté si ellos también eran swingers y me dijeron que no, que iban a Palos Verdes porque les gustaba pasar el día desnudos tomando sol y no por sus oportunidades sexuales. También fueron muy amables y me convidaron con el reparo de su sombrilla. Le pregunté a la mujer dónde había un baño y me recomendó ir a la vegetación, con la advertencia de que si me veía “un solo” caminando por ahí me iba a ir a buscar para hacerme alguna propuesta. “¿Y qué hago si no quiero nada?”, le pregunté. “Le decís que no”, me contestó ella, y me explicó que los visitantes del campo manejan los códigos de convivencia. Él dijo que me quedara tranquila, que los concurrentes son muy respetuosos. Pensé que debía adaptarme a los modos de esta comunidad y para hacerlo era necesario dejar de lado las paranoias urbanas y los miedos transfundidos en la tele y en las redes sociales. Resolví sacarme la ropa ahí mismo y ponerme la bikini por el tiempo que fuera necesario hasta ganarle la pulseada a la desnudez.

A comienzos del siglo XXI y en nombre de la libertad, quienes regulan qué y hasta dónde se puede mostrar son las propias mujeres.

Mientras me quedaba en bolas para cambiar rápidamente un corpiño por otro y una bombacha por otra, pensé en el recorrido de los feminismos y en cómo el cuerpo de las mujeres siempre fue territorio de una guerra sobre los límites de la decencia. Recordé mis estudios de Historia del traje y en lo revolucionarios que habían sido los primeros bañadores que iban pegados al cuerpo. A principios del siglo XX los hombres metían presas a las mujeres que exhibían más de la cuenta, enviciados por obedecer a la idiosincrasia opresiva. A comienzos del siglo XXI y en nombre de la libertad, quienes regulan qué y hasta dónde se puede mostrar son las propias mujeres. Como ocurrió con la suspensión del concurso Miss Cola Reef y con la controversia alrededor de la elección de la Reina del Mar en Mar del Plata. Tendí un pareo sobre el pasto y me senté a tomar unas notas para no olvidarme de lo que hasta entonces me parecía importante. Me pasé protector sobre los tatuajes y recibí algunos mates amargos de mi matrimonio amigo. Me advirtieron que si quería sacar fotos aprovechara mientras hubiera poca gente. Al contrario de lo que sucede en las redes sociales —donde la única intimidad es la que se muestra y cuyo efecto colateral paradójico e instantáneo es la queja histérica del “sentirse invadido”—, me comentaron que las reglas sobre la privacidad no estaban escritas en ningún lado pero que no sacar fotos era una política básica y que todos los asistentes la tomaban con rigor. Me podría haber parecido absurdo que quienes me hablaban sobre la intimidad estaban desnudos de pies a cabeza pero era coherente. Entendí que la práctica nudista no era sólo “ponerse en bolas” sino que demandaba entender la ética de la comunidad para preservarla. El valor de la palabra transgresión tomaba matices morales. Saqué un par de fotos de la vegetación y la pileta vacía. Después me saqué el corpiño. Nadie me miró.

Panzas de birra, cicatrices y escrotos alargados. El panorama bromeaba con los temores de mi amiga y daba por tierra con la zoncera de que todos somos (igual de) bellos e importantes.

Cerca del mediodía el sol ardía con insistencia y la zona de la pileta se había poblado bastante. “Los solos” son franca minoría y “las solas” casi un mito. La mayoría de los asistentes eran parejas que se conocían de frecuentar el espacio y cuyo promedio de edad me atreví a establecer en cuarenta y tres años. El ciento por ciento de los hombres y el ochenta por ciento de las mujeres estaban completamente desnudos. El resto de nosotras sólo hacíamos topless. No me sorprendió que no hubiera “gente joven”. Aunque se narre “pos-todo”, el modo millennial de relación evita el contacto real y todo aquello que implique riesgo. Se alimenta de sus propias fobias, se fascina con novedades tecnológicas como el Kissinger y se conforma con la retórica adolescente del send nudes, artificiosa y a distancias prudentes. Le mandé un Whatsapp a una amiga diciéndole que era una boluda. Por dos semanas, la había querido convencer de que me acompañara. Pero es testaruda y prejuiciosa: la idea de quedarse en tetas frente a un grupo de desconocidos la ponía verdaderamente mal. La excusa era que su cuerpo no era perfecto, como si la experiencia nudista tuviera algo que ver con el narcisismo o la belleza, con los estándares o la perfección. Ninguno de los presentes tenía físico de futbolista o de modelo de pasarela. Eran todos cuerpos marcados por el cansancio, los partos y el peso del tiempo. Tetas desparramadas, tetas juntas, paradas, caídas, gordas, masticadas y alguna que otra artificial. Pitos negros, pitos rosas, rojizos, gordos y flacos, prominentes y diminutos. Caderas anchas, estrechas, celulitis, estrías y tatuajes. Panzas de birra, cicatrices y escrotos alargados. El panorama bromeaba con los temores de mi amiga y daba por tierra con la zoncera de que todos somos (igual de) bellos e importantes. Lo que se notaba era que todos estaban a gusto con lo que les había dado y les daba la naturaleza. Entendí que haber querido llevar a mi amiga a la rastra había sido un error y que el gran dilema con los estándares de belleza se asocia más a las propias represiones que a los estímulos patriarcales. Me di un chapuzón revitalizante y al salir me saqué la parte de abajo de la bikini. Nadie me miró.

Los nudistas se mostraron diligentes pero no cargosos, todos tenían algo para decir o preguntar.

Algunos con sus heladeras, otros con sus juegos de mate, libros, revistas y esas cosas que uno llevaría para pasar el día en la playa. Saqué del bolso Árbol de humo de Denis Johnson, pero la lectura sobre la guerra de Vietnam no me atrapaba tanto como observar el escenario de armonía en el que estaba inmersa. La gente era amigable y se saludaba con afecto. Me presentaron a varias personas y todos me dijeron lo mismo: “Ah, vos sos la periodista”. Uno preguntó socarrón si escribía para Ohlalá, otro si trabajaba para Clarín. Los nudistas se mostraron diligentes pero no cargosos, todos tenían algo para decir o preguntar. Yo no entendía si les llamaba la atención o sólo querían hacerme sentir bienvenida. Acepté la invitación de Marce y Luis para almorzar con ellos y su amiga bajo la sombra de un árbol. Comimos tarta, un pollo que él había asado y una ensalada de tomates. Charlamos relajados como si nos conociéramos desde siempre, como si estuviéramos vestidos. Atenuaron mi presencia y me preguntaron si estaba disfrutando. Les dije que sí, que ya veía la necesidad de volver en otra oportunidad. Les pregunté sobre su matrimonio y sus hijos, sobre sexo swinger y sus reglas. Ella me explicó que cada caso es distinto, que cada fantasía es particular y que por eso es imposible manejarse con un único reglamento. “Por eso es fundamental tener buena comunicación con tu pareja”, me explicó, “hay quienes quieren hacerlo para condimentar las cosas, pero después no lo resisten. Empiezan las dudas y los celos y terminan teniendo más problemas que antes”. Cuando me quise acordar ya eran las cuatro de la tarde y no había visto a nadie tener sexo o hacer ninguna insinuación realmente seria. Luis me sugirió que si quería ver algo de “acción” me fuera a caminar por el bosque, que él me acompañaba, pero decidí dejar un poco de misterio para la próxima visita. “Después de todo, no sé si estoy lista para cruzarme con una gang bang bajo un eucalipto”, pensé. El calor era intenso y el sol había vuelto rojizas las partes más blancas y secretas de mi piel. Me metí a la pileta otra vez para refrescarme y sentir el agua helada en los huesos. Mientras hacía la plancha caí en cuenta de que me había olvidado de que estaba sin ropa porque nadie me había hecho sentir desnuda. Me sentía totalmente a salvo. De la tecnología, de la neurosis feminista, de los ruidos del acoso, de la mirada inmadura, del imperativo de temerle a la belleza. Había descubierto un lugar donde desvestirse, coger y ser feliz era una posibilidad, no una obligación////////PACO