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Fundación mitológica de Borges

 

A esta altura del siglo XXI, ¿con qué expectativas abordamos un libro sobre Borges? O mejor dicho, un libro sobre la obra de Borges. ¿Podemos esperar todavía algo distinto que reflexiones sobre la eternidad, el infinito, el universo, el tiempo, los espejos u otro montón de “tópicos borgeanos”, o llegará alguna vez algo novedoso cerca de los ensayos de Molloy o Sarlo? En un contexto donde las lecturas de uno los escritores más importantes del siglo XX parecen agotadas totalmente, flotando en un sinfín de artículos, tesis y ponencias alrededor del mundo, Sudamericana publica el inesperado –ya que nadie lo aguardaba–: Homenaje a Borges, de su viuda y albacea María Kodama. Ignorado el nombre del libro –¿necesita realmente más homenajes Borges?– y el evidente imperativo del mercado editorial con los treinta años de su muerte, seríamos ingenuos si esperáramos algo valioso de la que probablemente sea la peor lectora de la obra borgeana (solo  basta para comprobarlo seguir paralelamente la dirección que toma a la hora de ejercer su autoridad en lo que respecta a los derechos de propiedad intelectual). Sin embargo, tal vez por una vez podamos entregarnos sin prejuicios ni suspicacia a la lectura de lo que pueda decir Kodama y dejar que ella, como la persona que acompañó a Borges en su etapa final, pueda revelarnos algo interesante y nuevo sobre la vida del autor, algo que sólo ella, en su condición de esposa, amante y compañera podría decirnos. Algo que se equipare, tal vez, a lo que Bioy nos dio en su Borges. Como podíamos imaginar inconcientemente, Kodama volvió a defraudarnos, otra vez. Apenas uno llega a la contratapa –ni hace falta abrir el libro– ve la ilusión de leer algo jugoso destruida. Se trata de nada más y nada menos que de veinte –sí, VEINTE– conferencias que Kodama dio a lo largo de los años y del mundo sobre la obra de su difunto marido.

Como podíamos imaginar inconcientemente, Kodama volvió a defraudarnos, otra vez. Apenas uno llega a la contratapa, ve la ilusión de leer algo jugoso destruida.

A pesar de todo continuamos, sabiendo que nuestra premisa –la que reza que Kodama no está a la altura de la obra que protege– va a ser comprobada. Ebrios de dialéctica judicial por el reciente procesamiento de Pablo Katchadjian por haber engordado “El Aleph”, juicio que impulsa Kodama, retomamos la lectura atentos a lo que la viuda pueda decir sobre el asunto, o para ver de qué manera su lectura de la obra de Borges justifica la ridiculez. Ridiculez no por el hecho de que el experimento de Katchadjian sea bueno (cuando, de hecho, el único mérito su El Aleph engordado es ser malo, largo y aburrido) sino porque no tiene sentido que Kodama opere de esa manera en una época donde las prácticas culturales, sobre todo en la era digital, se basan en una reelaboración –como señala Boris Groys– que permite el copiar y pegar. Aunque sabíamos que la lectura iba a ser ardua, nos chocamos con una barrera imprevista: la poca destreza formal –o sencillamente desidia– con la que armó la obra. La incesante sucesión de conferencias –la mayoría tituladas Borges y… (agregar tópico trillado a elección)– parecen reunidas sin ningún criterio, sin referencia a sus condiciones de producción y, sobre todo, sin el trabajo de edición que requeriría preparar un homenaje por los treinta años de la muerte de Borges. Esa falta se nota en el incesante desfile de escenas repetidas que Kodama útiliza conferencia tras conferencia, donde una y otra vez leemos sobre Borges y su abuelita Fanny, sobre Borges y Kodama subiendo una escalera en el Louvre, sobre Borges y su agnosticismo, Heráclito y su río, y la lista sigue; esto es natural si pensamos que las conferencias fueron pensadas para distintos públicos en distintos lugares y tiempos, pero reunidas solo vuelven más tortuosa la lectura.

La incesante sucesión de conferencias –tituladas Borges y… (tópico trillado a elección)– parecen reunidas sin ningún tipo de criterio, sin referencia alguna a sus condiciones de producción.

En las distintas conferencias, obvias en todos los sentidos, Kodama logra rozar una lectura superficial pero adecuada de la obra de Borges y es justo en esos momentos donde el contraste entre lo que dice y lo que ejerce legalmente entra en roce. Incluso Kodama es capaz de contradecirse a sí misma en pocas páginas, por ejemplo cuando dice: “Todo volcado en la hoja del escritor pertenece a su vida, a las imágenes, a las observaciones, a las emociones, a todo lo que su imaginación y razón transmite en su vida de autor, no en la de otro”, para decir, ni más ni menos unas páginas después, que: “Piensa Borges que la creación poética no es una forma superior a la de la lectura, porque la creación poética es –con sus palabras– apenas un recuerdo y un olvido de algo leído”. La contradicción es evidente pero Kodama quiere hacer una precisión: una lectura es solo creativa en la mente del lector, nunca puede volverse realmente creativa sobre la obra leída, y mucho menos si esa obra es de Borges. Recordar cuentos de Borges que contradigan esta idea de Kodama es repetir lo que los defensores de Katchadjian ya intentaron en el juicio, aunque Pierre Menard: autor de Quijote casi lo dice desde el título.

Kodama parece guiada por un fin más ambicioso y mezquino, clausurar la obra de Borges hasta un nivel dogmático.

Así, Kodama insiste en interpretar a su marido muerto y hacer lo contrario. En una de las conferencias señala que “la historia no existe, pues es la distorsión de los hechos que sucedieron a través de las sucesivas generaciones; y él (Borges), un poeta, a través de la palabra sacralizada emprenderá lo imposible, la modificación del pasado”. Pero Kodama, diciendo esto, lleva a cabo un proceso inverso: se ocupa de sacralizar la palabra de Borges, de volverla impermeable, clausurarla a una forma única y absoluta. Con este propósito se ordenan las conferencias de Kodama y las anécdotas edulcoradas y cursis que nos cuenta: se trata de fijar un sentido claro sobre la obra de Borges y vaciar su vida de cualquier impulso vital e histórico. Ella recupera de Barthes su idea de mito: “Para Barthes el mito está constituido por la pérdida de la cualidad histórica de las cosas. En el mito, las cosas pierden la memoria que alguna vez tuvieron”. Pero decir que lo que Kodama busca es simplemente llevar a Borges al lugar de mito sería ser indulgente con ella, ya que el mito, como Borges sabía, era susceptible de ser apropiado por los poetas y los confabulatori nocturni. Kodama, en tal caso, parece guiada por un fin más ambicioso y mezquino: clausurar la obra de Borges hasta un nivel dogmático. Kodama dice que Borges “comprendió que todo nacionalismo termina por encerrar y asfixiar y que la posibilidad de transcender está dada por la amplitud de nuestra mente y de nuestro espíritu”. Lástima que Kodama nunca le haga caso a su marido y que inaugure con este libro algo tan ridículo como el Nacionalismo Literario. Cuando en el ínfimo prólogo Kodama dice: “Donde usted esté, en algún punto del infinito, convertido en luz o energía, este libro lo llenará de alegría, ya que durante años y años me instaba a publicar y yo me negaba a hacerlo”, por fin nos revela el único deseo que lamentablemente sí le cumplió a su marido: publicar este libro//////PACO