La caída de una sombra


Dividida en tres temporadas breves protagonizadas por la impecable y favorablemente añejada Gillian Anderson y Jamie Dornan, un hombre bello, sensual y sexual hasta lo incómodo, The fall recibió de la crítica dos calificaciones opuestas, simultáneas y demasiado previsibles. La primera considera a la serie un producto feminista. La segunda, por supuesto, y con fanfarrias, una ficción de carácter misógino. Una breve sinopsis puede aproximarnos a la paradoja: la detective experta Stella Gibson (Anderson) es convocada por las fuerzas policiales de Irlanda de Norte, precisamente en Belfast, para resolver el caso estanco del asesinato de Alice Monroe. Producto de la aparición de una nueva víctima y el precedente de un caso anterior, una combinación entre trayectoria, intuición y agudeza de la “superintendente” pone sobre la mesa la (certera) posibilidad de estar ante la obra de un asesino en serie. Paul Spector (Dornan), padre de familia tipo y consejero de duelos, entra en este cuadro de situación como el bello y perverso perpetrador de los asesinatos. Sexualizados, estetizados y fetichistas, los femicidios son mostrados casi como piezas de orfebrería, donde la premeditación, la minuciosidad y la ejecución se alzan con un valor perverso al terreno de lo artístico. Spector no es solamente el victimario, es la perfecta némesis de género que complementa la fórmula de la narrativa de The fall con la figura tenaz, temperamental y decididamente feminista de Stella Gibson. En otras palabras, la serie muestra a una mujer buena, sólida y “viril” que busca ajusticiar las atrocidades cometidas a otras mujeres buenas, sólidas y “viriles” en manos de un hombre malvado, cruel, aunque terriblemente bello, seductor y también viril.

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Una mujer “viril” busca ajusticiar las atrocidades cometidas a mujeres “viriles” en manos de un hombre malvado, terriblemente bello y viril.

Por eso, el tema central del último éxito británico de la BBC no es únicamente la violencia como primer y último agente tiránico de poder. La trama policial de The fall utiliza las muertes, los ataques y los secuestros como vehículo para relatar las complejidades y los conflictos morales que se suscitan cuando el mundo de la violencia —es decir, el de la maldad y lo ruín— entra en contacto con el de la belleza —es decir, el de la bondad y lo sublime. The fall aborda de modo permanente este viejo aunque vigente moralismo socrático, no para regodearse en él o serle indulgente. Por el contrario, cuestiona esa relación proporcional directa y explota la experiencia ambigua de la masa de televidentes para comprobar que la serie creada, escrita y dirigida por Allan Cubitt es un producto de éxito absoluto. Y si la trama de The fall pone el acento en ese conflicto, entonces los hilos de la urdimbre tejen el estado de situación actual de un nuevo mapa de género y las tensas relaciones entre hombres y mujeres. El clima general a lo largo de las tres temporadas es de franca rivalidad.

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Los hilos tejen el nuevo mapa de género y las tensas relaciones entre hombres y mujeres: el clima general a lo largo de las tres temporadas es de franca rivalidad.

En conjunto con una voz ronca y monocorde, un gesto que se repite en los labios indicativo de reflexión, los colores neutros de las sedas, la nobleza de la sastrería y los stilettos —por algún motivo, el calzado predilecto de la mujer fatal—, Stella Gibson se edifica como una mujer fría, metódica y sensual en una cultura, en palabras del mismo personaje, “masculina, paramilitar y patriarcal”. A los ojos del televidente y de todos los miembros del equipo de investigación que comanda, Gibson representa un modelo de mujer con poder y rango, aunque sin perder de vista el registro de humanidad y empatía. Muy a su pesar, la detective es intuitiva, pasional, incluso padeciente de sus daddy issues, zonas no controladas ilustradas a través del sexo. El talón de Aquiles de Stella Gibson es acostarse con sus colegas y seguir su camino —one night stands o sweet nights—, algo que entre hombres es celebrado pero causa escozor si el sujeto activo del intercambio es una mujer. Timonel de su propio rumbo y muy consciente del impacto de su capital erótico —considerada una milf, aunque descripta por Spector como una “solterona infértil”—, el personaje de Gillian Anderson encabeza como prototipo el conjunto de las mujeres retratadas en The fall. Salvo mínimas excepciones, todo el cuerpo femenino de la historia muestra ciudadanas solventes, profesionales, independientes, bellas y sexualmente activas. Todas y cada una de ellas construyen el paradigma de cierta capa social que rompe con el mandato de la sumisión y comienza a mostrarse imperante.

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El talón de Aquiles de Stella Gibson es acostarse con sus colegas y seguir su camino: one night stands o sweet nights.

De modo contrario, en las figuras masculinas se condensan la decadencia y las miserias en lo peor de sus formas. El ejemplo extremo es Paul Spector, el femicida —aunque, por razones imprevistas, también mata a un hombre, razón por la cual tal vez merezca el carácter de “asesino”— que, ante las intrincadas motivaciones de un esquema psicopático, elige víctimas por las cuales siente su masculinidad desafiada. Para compensar ese malestar, para remediar esa sensación de inferioridad, las estudia, las asfixia, las posa y las fotografía, imponiendo sobre las mujeres aquella diferencia esencialista que ninguna política feminista es capaz de derribar: la fuerza viril. Paul Spector es el enemigo emblema que mata a quienes odia y manipula peligrosamente a quienes lo aman. Pero él tampoco es el único. Aunque quizás en sumas más inofensivas, a este listado de retratos de hombría se suma el de Jim Burns, el jefe de policía de Belfast al que Stella debe rendir cuentas. Burns es la definición del “hombre débil”, corruptible y sin carácter, que se siente desbordado por las polleras de Gibson y el aliciente del alcohol; un experto en las artes de la lástima que se abre paso por la vida ignorando sus limitaciones y que además, celoso, intenta cuestionar la moral y los hábitos sexuales de la detective. James Tyler es otro caso representativo. Ex convicto, bueno para nada, maltrata y golpea a su mujer con la excusa de la muerte de su hijo Daniel. Tom Stagg, un marido que, castigado a dormir en el sillón, es incapaz de percibir que su mujer está siendo secuestrada. El Padre Jensen, un cura a cargo de un orfanato que profana la niñez de Paul Spector y otros huérfanos con regocijo, impunidad y bajo la supervisión de Dios. Los hombres de The fall están condenados a ocupar las bancas de la violencia (en todos sus niveles) y cultivar las tierras fértiles de la más terrible impotencia.

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Spector estudia, asfixia, posa y fotografía a sus mujeres imponiendo aquella diferencia esencialista que ninguna política feminista derriba: la fuerza viril.

The fall no deja pasar ninguna oportunidad para poner la lupa sobre los mayores tabúes de la sociedad occidental y, sin embargo, problematiza al televidente hasta sacar su costado más reaccionario. Allan Cubitt logra construir una ficción realista en un contexto donde las mutaciones en las relaciones de género son tema central y razón de agitación, no sólo para quienes participan activamente de ellas sino para quienes las explotan. El policial subraya la importancia y la influencia de las redes sociales y los medios de comunicación en una agenda que se sostiene, trágica y tendenciosa, gracias al morbo disfrazado de indignación, de hambre de justicia. La comunicación con la prensa y los efectos de la “visibilización” en The fall no son un tema menor y son manejadas bajo delicada pericia, como una herramienta adicional tanto para atrapar al asesino como para advertir a la población de Belfast. El mérito de la serie no puede reducirse únicamente al tratamiento de la imagen y las actuaciones; romper con los lugares comunes del estilo policial cutre y narrar a través de las aberraciones del presente el futuro de un nuevo tipo de sociedad pueden ser dos de sus mayores diferenciales. Lo que deja en claro The fall es que entre lo bello y lo feo, entre el bien y el mal, entre hombres y mujeres cayó, cae y seguirá cayendo la sombra///////PACO