Libros


Lamberti visita Springfield


Hay un capítulo de Los Simpsons (“Treehouse of Horror IX”), particularmente el fragmento Starship Poopers, en el que -como corresponde con esos especiales en los que pueden jugar con los argumentos más delirantes y fantasiosos- descubrimos que Maggie, luego de que se le caigan las piernitas y le crezcan tentáculos, es hija de Kang, el alienígena cíclope y reptiloide. Marge confiesa, entonces, cómo una noche mientras colgaba la ropa en el patio fue abducida por la nave extraterrestre y por medio de “poderosas técnicas de confusión mental” quedó embarazada de Maggie. Sin ánimo de evitar algunos spoilers, quiero advertir al lector que haya visto ese capítulo de Los Simpons que no va a encontrar nada interesante ni original en La maestra rural (RHM 2016), la primera novela de Luciano Lamberti (Córdoba, 1978). Y eso pasa porque la novela de Lamberti está construida de manera coral por medio de 18 testimonios en apariencia independientes y que gravitan el mismo espacio, el aburrido pueblo de San Ignacio Córdoba, y de las figuras de la maestra y poeta desconocida, Angélica Gólik, de su hijo “especial” Jeremías, la misteriosa secta de los Sefraditas y la idea latente de que la humanidad desciende de alienígenas que siguen camuflados entre nosotros. Pero bien si -como se ha dicho mil veces- la polifonía, en los términos de Bajtín, es una de las características principales de cualquier novela, la coralidad, al menos como se presenta acá, puede ser en términos aristotélicos su forma viciada. Y ese es el gran problema de La maestra rural. Lamberti es un gran cuentista, El asesino de chanchos lo prueba, y es evidente que el paso a la novela no fue sencillo y la coralidad desmedida parece ser el esfuerzo (fallido) de llevar la novela hacia terrenos que el autor maneja mejor.

la-maestra-rural-luciano-lamberti-novela-de-suspenso-264911-MLA20654353995_042016-F

La coralidad, en vez de dar múltiples puntos de vista, sólo dilata el momento de descubrir lo que todos sabemos antes de leer la novela.

Es así como por medio de las voces de los personajes, en su mayoría pueblerinos acartonados e impulsados por el ritmo rural y el chisme, o aspirantes a poetas sin obra (fastidiosa herencia de Bolaño que sigue contaminando libros), se trata de construir un misterio obvio desde el principio, y que aún así nunca termina de perfilarse entre testimonios lentos y personajes más preocupados por su “cotidianeidad” o por sus delirios que por hacer avanzar el relato. El problema, sin embargo, es que eso tampoco resuelve el verdadero problema de La maestro rural: aquello hacia donde avanzan todas las voces no tiene nada de original, más bien parece una expansión sosa y pretenciosa de aquel capítulo de Los Simpsons. Es un misterio a partir de un imaginario de ciencia ficción (“platos voladores”, abducciones, aliens con tentáculos, teorías paranoides, sectas, etc.) ya deglutido y defecado por cualquier lector, e hilvanado tímida y lateralmente (no se dejen engañar por la contratapa) con la historia argentina reciente. De esta manera, la coralidad, en vez de dar múltiples puntos de vista, sólo dilata el momento de descubrir lo que todos sabemos antes de leer la novela. Uno de los personajes, Riviere, dice al respecto: “La capacidad paranoica. Leer en pasado como parte de un plan. Tomar elementos históricos fácticos y rearmarlos para que digan algo distinto. Si eso no es creatividad…”. Riviere no miente. Lástima que su descripción no se pueda aplicar a La maestra rural. Pero no es grave, siempre se puede volver a ver Los Simpsons////PACO