Hace unos días, Patricio Erb escribió sobre un periodismo capaz de perforar el confort de nuestras propias burbujas de filtros para arriesgarse a existir aún contra el imperio del “Me gusta”. Entre las muchas explicaciones de esa necesidad, la más importante era comercial: ¿hasta qué punto los medios periodísticos (que todavía se adaptan a una migración forzosa hacia las plataformas digitales) pueden someterse a Facebook en el mercado de los contenidos? Y es en esa pregunta que, rápido pero con cuidado, Erb menciona las “decisiones ideológicas de una empresa privada”. ¿Pero no es esa ‒la ideología de los propietarios de internet‒ una cuestión excesivamente soslayada cada vez que se habla de internet? El punto de partida señalado por Erb, en tal caso, no resulta lejano a otros puntos afines a través de los cuales apuntar hacia alguna respuesta. De hecho, Mark Fisher se acerca a la clave del problema cuando en
Realismo capitalista recupera a través de Atilio Borón una frase (más) de Bertolt Brecht: “el capitalismo es un caballero al que no le gusta que lo llamen por su nombre” (a lo que podría agregarse hoy en Argentina: “y mucho menos por el apellido”). Aún así, en pleno tramo final de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, eso es exactamente lo que la política está provocando en Silicon Valley. ¿Y si los colosos de la tecnología digital estuvieran obligados a pronunciar sus identidades partidarias? ¿Alteraría la “neutralidad” de su vínculo con millones de usuarios en el mundo conocer a qué candidato apoyan (y cómo) Facebook o Google? Y, en todo caso, ¿es relevante ‒en términos ideológicos‒ que los “caballeros” de la web sean al fin llamados por su “nombre”? Para la red social de Mark Zuckerberg, esas preguntas indagan sobre lo que su directora operativa, Sheryl Sandberg, definió hace pocos días como inexistente. “Nosotros no tenemos un punto de vista, ni estamos tratando de hacer que tengas un punto de vista”, dijo casi a la manera de una paradoja después de anunciar que los miembros de la empresa iban a estar obligados a cumplir un curso para entender las “diversidades políticas” en su trabajo.

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¿Alteraría la “neutralidad” de su vínculo con los usuarios conocer a qué candidato apoyan (y cómo) Facebook o Google? ¿Es relevante en términos ideológicos que los “caballeros” de la web sean llamados por su “nombre”?

Unido a “diversidades” como la raza, la edad, el género y la nacionalidad, el gerenciamiento empresarial de la “diversidad política” llega en el mismo momento en que muchos usuarios de Facebook en Estados Unidos denuncian que los editores de contenidos de esa red ‒quienes determinan qué es lo que puede circular o no entre 200 millones de potenciales votantes‒ omiten o marginan sistemáticamente noticias y medios vinculados a sectores políticos conservadores. Lo cual, en esencia, equivale a una velada censura sobre la base electoral del candidato republicano Donald Trump. De esa manera, al fin y al cabo, la ideología llega al fin incluso a Facebook, y lo hace tal como alguna vez la describió Marx: “ellos no lo saben, pero lo hacen”. Sin embargo, no solo la política limitada al próximo ocupante de la Casa Blanca preocupa a los dueños de internet. El mes pasado Google lo aclaró cuando, antes que Twitter, Facebook y Yahoo, publicó un mapa de “diversidad” de sus empleados. La misión era exhibir que una de las preocupaciones de Google es ampliar la variedad de razas, géneros y nacionalidades a su servicio, en especial cuando solo un tercio de los puestos de la industria tecnológica están ocupados por mujeres. A la sombra de acusaciones por discriminación ‒sobre todo mediáticas, las más dañinas para la neutralidad de las buenas relaciones comerciales‒, para Silicon Valley el estigma de una mayoría de trabajos concentrados en “varones jóvenes blancos y asiáticos”, como dijo la revista Forbes, promovió todo tipo de medidas. Las más exóticas probablemente sean los “talleres de diversidad inconsciente”, una mezcla sui generis entre el psicoanálisis y la administración de recursos humanos diseñada para saber qué “preferencias automáticas en lo profundo del cerebro” ‒y por lo tanto incontrolables y más fáciles de disculpar‒ condicionan las actitudes cotidianas en las empresas. En otras palabras, lo que Evgeny Morozov describe en La locura del solucionismo tecnológico como un reemplazo del diálogo por la acción, algo típico de “los geeks que pierden la paciencia con la política porque creen que no es otra cosa que hablar”. Y es en ese contexto que el poder político reaparece, otra vez, con el presunto apoyo de Google a la campaña de la candidata demócrata Hillary Clinton.

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¿Y si con 247 millones de consultas diarias solo en Estados Unidos Google alterara las búsquedas sobre Hillary para esconder resultados perjudiciales?

Si bien no es novedad que muchos gerentes y directores ejecutivos del mercado tecnológico fluyen desde hace años hacia la política, donde se reciclan como publicistas y asesores, la sospecha puesta sobre la mayor proveedora de servicios en internet llevó el problema a otra escala. ¿Y si con 247 millones de consultas diarias solo en Estados Unidos Google alterara las búsquedas sobre Hillary para esconder resultados perjudiciales? Según la denuncia del sitio de noticias SourceFed, esa mano gentil se hace visible desde el momento en que, por ejemplo, ante términos como “Hillary Clinton cr…”, el buscador autocompleta la frase con “crime reform” (reforma criminal) en lugar de “criminal charges” (cargos criminales). Pero aunque Google negó la acusación ‒argumentando que el sistema evita de por sí resultados inmediatos vinculados al crimen para no estigmatizar a personas con antecedentes‒, ¿el problema ideológico no está en realidad en otra parte? Ante un electorado más interesado por los cruces entre Hillary y Trump en Twitter que por los hechos políticos concretos, la presunta alianza entre Google y el Partido Demócrata no solo desvía la atención sobre una de las mayores “controversias” (o “crimen federal”, según el Partido Republicano) alrededor de Clinton, acusada de usar su correo electrónico privado mientras cumplía tareas públicas como Secretaria de Estado. También es la clase de conflicto que omite una pregunta acerca de, por ejemplo, el papel de Stephanie Hannon, la ex ejecutiva de Google hoy a cargo de la campaña tecnológica de Hillary. ¿Cómo es que los gerentes formados en empresas privadas que repiten una y otra vez que no tienen ideología ocupan roles vitales en los eventos ideológicos y políticos más importantes de Occidente?

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¿Cómo es que los gerentes formados en empresas que repiten una y otra vez que no tienen ideología ocupan, de repente, roles políticos en los eventos ideológicos más importantes de Occidente?

Fredric Jameson bordea el problema cuando en Los estudios culturales señala que al menos la derecha ‒aunque la izquierda no está excluida‒ “parece haber entendido que en la práctica los estudios culturales funcionan como sinónimo de lo políticamente correcto”, y que es en esa mezcla de “antirracismo, antisexismo y antihomofobia” que hoy preocupa a las empresas tecnológicas sin punto de vista donde nace “la manifestación de una alianza proyectada entre varios grupos sociales”, tal como necesitan los políticos tradicionales. Entre lo uno y lo otro habría que ubicar lo que Slavoj Žižek llama “el bucle perverso”. Ese instante en que reaparece la ideología actual sobre el mercado y la política en su estado más puro, y que podría sintetizarse así: es porque los gerentes tecnológicos ignoran la política y la ideología que se legitiman para hacer política e ideología (un clásico “gesto de autolegitimación a través del otro”, paradoja que bien podría compararse con lo que Juan Terranova señala sobre la sumisión a la que, mediante la impostura de la rebeldía, se prestan a veces los académicos). Para Donald Trump, sin embargo, “el Ernest Hemingway de 140 caracteres”, como se definió en Twitter, el éxito en Facebook, YouTube, Vine, Instagram y Periscope planteó una perspectiva distinta para el mismo problema. ¿Y si el candidato más rechazado por los dueños de internet, el mismo que acusó de antipatriotismo a Apple por fabricar sus iPhones en China, fuera al mismo tiempo el más popular entre los usuarios de internet? Con una inversión publicitaria menor que la de sus competidores republicanos en diarios y televisión, y una popularidad mucho mayor que la de su oponente demócrata en la web, la pregunta abierta en Silicon Valley es si el hombre dispuesto a mostrar, escribir y decir lo que sea necesario para magnetizar a esa masiva audiencia digital puede también convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos//////PACO