Llegó el tan ansiado “segundo semestre”, momento que el propio gobierno de Mauricio Macri definió como decisivo para repuntar la dañada economía argentina. En este tiempo, muchas promesas de campaña fueron despedazadas: un escandaloso aumento de tarifas, profundización de la crisis energética y recortes al suministro de gas a industrias y particulares, incremento en las tarifas del transporte, quita de subsidios en todos los niveles, despidos masivos en la órbita estatal y privada. La situación se explicó desde la comunicación gubernamental como medidas necesarias ante una economía en recesión aprovechando una bonanza política producida por el espanto ante el kirchnerismo, fuerza que fue resquebrajándose desde diciembre del año pasado, cuando la conductora Cristina Fernández de Kirchner debió dejar la Casa Rosada, y con ella el búnker que sostenía su endeble imagen de los últimos años.

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Llegó el ansiado “segundo semestre”, que el propio gobierno de Mauricio Macri definió como decisivo para repuntar la dañada economía argentina.

Desde hace veinte días -precisamente cuando la administración de Cambiemos cumplió sus primeros seis meses de gobierno-, la comunicación gubernamental se orienta hacia cualquier lugar donde pueda refugiarse de las múltiples críticas que pueden oírse tanto en la calle como en los medios que le dan espacio y las redes sociales. En principio, los asesores del presidente Mauricio Macri no le permiten ninguna aparición pública donde no haya una poderosa custodia y refuerzan al máximo el cerco sobre su persona, llegando a niveles asombrosos, como pasó en el último acto por el Día de la Bandera en Rosario, donde las fuerzas policiales apenas permitieron asistir a unos pocos amigos de la casa, autoridades oficiales y mansos escolares que fueron arengados con frases de campaña durante el discurso presidencial. Las imágenes y videos de la militarización en el Monumento a la Bandera fueron el corolario de una serie de acciones de gobierno donde se vio siempre a Macri custodiado, primero, por sus ministros, y detrás por fuerzas policiales y militares que generaron a su alrededor zonas prohibidas al tránsito de peatones y automóviles, como podrá verse en las fotos de los recordatorios a los caídos en Malvinas del 2 de abril. El temor permanente a las críticas personalizadas al mandatario obligó a mostrarlo como un político solitario y aislado, en postales asépticas que se contradicen con el aura de líder benévolo y popular que quiere mostrar en el resto de los medios masivos y las redes sociales donde se exhibe.

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El temor a las críticas personalizadas al mandatario obligó a mostrarlo como un político solitario y aislado, en postales asépticas.

Las pantallas evitaron dentro de lo posible cualquier mención a un fracaso de las propuestas de campaña de Cambiemos. El ministro de la Producción Francisco Cabrera fue el protagonista de varios comunicados de la agencia oficial Télam, en donde se reprodujeron declaraciones orientadas a despejar a los fantasmas con más fantasmas. Así, inventó el concepto de “inversiones latentes”, en referencia a capitales que estarían listos para desplegarse y derramar millones esperando el momento indicado. “Se están ejecutando inversiones latentes, que estaban paralizadas en los últimos años”, aseguró sin pudor a la contradicción de la frase. A la vez, intenta disimular una cruda verdad: prácticamente todas las inversiones que el macrismo presenta como propias de este año de multinacionales como Telecom, Coca-Cola, Axion Energy y General Motors fueron anunciadas ya en 2014 y 2015, e incluso las presentadas en las informaciones oficiales como proyectos a futuro de las Telco ya están realizándose desde hace dos años, como la plataforma “@TV” de Cablevisión. También Cabrera realizó anuncios de generación de empleo mediante un Plan de Infraestructura Estatal, aunque admite que recién se pondrá en marcha dentro de un año. Y esto es otra curiosa paradoja de Cambiemos: la misma fuerza que llegó al poder criticando a un gobierno que descansaba el crecimiento económico sobre la inversión estatal, ante los primeros problemas aplicó las mismas políticas criticadas a la gestión anterior. Anuncios de obra pública por cifras millonarias, compra de dólares del Banco Central para frenar el alza de la moneda norteamericana, los recientes subsidios a las grandes fábricas automotrices. A través de La Nación, hoy mismo -casualmente al comienzo del “segundo semestre”- se da a conocer un plan del gobierno para subsidiar la producción de teléfonos celulares 4G ensamblados Tierra del Fuego, que podrán pagarse en 12 cuotas con la financiación del gobierno. Casi todos estos planes, que en los últimos años recibían furiosas críticas de los integrantes de Cambiemos, hoy son presentados como grandes soluciones. En definitiva, las elecciones presidenciales nos trajeron un gobierno supuestamente liberal cuyas recetas liberales fracasan estrepitosamente y debe recurrir a la intervención directa en la economía -macro y doméstica- para enfriar la caliente recesión y, a la vez, sumar algunos puntos a su estrategia de comunicación, ya que se sabe que el equipo de Comunicación Estratégica del Jefe de Gabinete Marcos Peña necesita desesperadamente la manipulación de las redes sociales para exhibir la imagen pasteurizada de un presidente de fantasía y, sobre todo, mostrar resultados a sus empleadores. Nada mejor que garantizar que cada argentino tenga un celular con una poderosa conexión a internet para que el mensaje del macrismo llegue a todos sin distinción.

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Las elecciones nos trajeron un gobierno supuestamente liberal cuyas recetas liberales fracasan y debe recurrir a la intervención directa en la economía.

La final del seleccionado argentino en la Copa América fue el evento que demostró la capacidad de generar distracciones. Las múltiples postales en redes sociales del presidente y su familia con camisetas argentinas mirando el partido por televisión -cuidándose de no ir a la cancha para que no lo culpen de una posible derrota- fue la imagen casual, relajada y cercana a la realidad popular que quiere desplegar la estrategia macrista. Todo era ganancia: si Argentina ganaba la Copa, Macri festejaba, y ante una derrota se mostraría compungido. La sorpresa del retiro de Messi después del partido fue rápidamente aprovechada por sus asesores -que pasan sus días hábiles en las oficinas de Casa Rosada tomando carrera para momentos como éste-, y rápidamente difundieron la noticia de Macri llamando a Messi, rogando que no se vaya de la selección. En los días siguientes, en todas las marquesinas oficiales se difundió -curiosamente- la misma consigna: #notevayasLío. Una vez más, un futbolista popularmente aclamado sirvió a un gobierno al que le esperan días helados en uno de los peores inviernos económicos de la última década. Toda la primera plana política del oficialismo se unió a la consigna, fotografiándose con sonrisas un poco despistadas, entre operadores de peso del radicalismo que hicieron un alto en sus recorridas por los comités de las provincias pidiendo apoyos para Cambiemos en busca de la foto apta para todo público que los muestra humanos y cercanos.

Acto Día de la Bandera - Macri, solo entre vallas. La gente que quiso acercarse y fue reprimida por gendarmería-5-

Tal vez para Cambiemos las elecciones nunca terminaron, porque con lo único que cuenta es con la transitoria adhesión de la clase media, producida por una irreversible antipatía hacia el kirchnerismo.

En un momento del principal talk show político de la TV argentina, Alejandro Fantino criticó la estrategia de Macri, y cuestionó que llame a Messi y no se ocupe de los graves problemas que asolan a la Argentina, poniendo como ejemplo a un empresario amigo suyo que debió endeudarse para mantener su empresa a flote y no despedir trabajadores. Su ladero, el escritor Jorge Asís, le explicó pedagógicamente que Macri es un “político en campaña” y que debe hacer esa clase de cosas para generar algún tipo de empatía. ¿Pero de qué campaña habla Asís? ¿De las elecciones de 2017? ¿O acaso el 2016 es también un año electoral? Tal vez para Cambiemos las elecciones nunca terminaron, porque con lo único que cuenta es con la transitoria adhesión que todavía tiene entre la clase media, producida no sólo por una débil simpatía hacia el macrismo sino también, y sobre todo, por una profunda e irreversible antipatía hacia el kirchnerismo y particularmente hacia la ex presidenta, fogoneada por los operadores de comunicación. Este fenómeno no sólo le permite disimular el rumbo errático de la administración de gobierno, sino también la corrupción de los funcionarios macristas, velados todavía por el ruidoso y explosivo destape de olla del kirchnerismo. Las noticias sobre Lázaro Báez, López, De Vido, Aníbal Fernández -las que pasaron y las que vendrán- opacan a un ministro de Energía como Juan José Aranguren, en la lupa de la justicia por una incompatibilidad entre su cargo y su condición de accionista de Shell, beneficiada ampliamente por los contratos de su cartera. Inclusive el bombardeo noticioso sobre la corrupción K -y el silencio de los periodistas más populares sobre la actual gestión- minimizan el insólito rol de Laura Alonso, la titular de la Oficina Anticorrupción, que como buen cuadro político del PRO defiende al funcionario en todos los medios que la entrevistan, antes siquiera de revisar las pruebas del caso. En ese sentido, el joven y flamante gobierno de Cambiemos ya tiene, tal vez, demasiadas manchas como para pasar desapercibido. Y, sin embargo, casos que en otro contexto serían ampliamente resonantes hoy pasan a segundo plano por la espectacularidad de la debacle kirchnerista. Así, pasan sin pena ni gloria los Panamá Papers, caso por el que al propio Mauricio Macri se lo acusa de evasión fiscal, y el curioso caso del presidente del Banco Central Carlos Melconian, quien a pesar de dirigir la entidad bancaria máxima del país, admite mantener su dinero en cuentas extranjeras.

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Pasan sin pena ni gloria los Panamá Papers, por los que a Mauricio Macri se lo acusa de evasión fiscal, y el caso del presidente del Banco Central Carlos Melconian.

Así es como el segundo semestre se inicia con una expectativa muchísimo menor al que habían despertado las operaciones de Cambiemos a principio de año, cuando instalaron el concepto bajo el cual se mostrarían los signos de recuperación de la economía. Lejos de eso, las noticias muestran un país sumido en la recesión, con comercios y negocios que atestiguan una profunda baja en el consumo, mientras que los indicadores esperan la inflación más alta de la década para finales de año y el desempleo es una realidad que parece que continuará creciendo. En ese sentido, imaginamos un panorama en el que a mediados del años que viene -como indican los principales economistas- el gobierno logrará detener la escalada inflacionaria. ¿Pero una inflación detenida es necesariamente una inflación baja? Un país sin inflación no implica que los precios estén bajos, muy por el contrario, muchos estudios afirman que Argentina es uno de los países más caros del mundo, y eso no lo revertirá una inflación estancada. Si a eso le sumamos un panorama de consumo de moderado hacia abajo, sueldos por debajo de la canasta básica, grandes empresas con inversiones nulas o mínimas, pequeñas empresas que buscan desesperadamente la forma de no cerrar, un desempleo creciente y una moneda nacional que sigue despreciándose -conteniéndose a base de gastar los erarios del tesoro- y un maquillaje permanente usando los medios masivos y redes sociales como principales herramientas de distracción, el segundo semestre (y el año que viene) no se parecen en nada al país de la alegría que prometieron los sloganes de Cambiemos//////PACO