Meritocracias capitalistas


1.

Hace unas semanas, Chevrolet empezó una campaña bajo el lema “Meritócratas”. El spot televisivo trabaja en dos planos: por un lado, una voz en off nos habla de un mundo ideal; mientras tanto, las imágenes muestran gente exitosa en el mundo real. Al final, el aviso parece declarar que ese mundo ideal narrado y el mundo real mostrado son el mismo. Es decir, vivimos en una meritocracia. El spot está obviamente dirigido a personas con cierta plata, y el mensaje es claro: “disfrutá de lo que tenés, vos lo merecés, comprate un Chevrolet”. Un mensaje bastante común, después de todo. La publicidad suele mostrar al que consume el producto como un ganador. Sin embargo, “Meritócratas” sobresale por su cinismo: al sugerir que el mundo es meritocrático, también arroja un mensaje a los que están fuera del target (que por razones obvias también verán el comercial, quieran o no).  El mensaje es “si no podés comprar esto, es porque no lo merecés”. En un año de crisis, es casi una obviedad decir que a este comercial le falta sensibilidad social. Recordemos las publicidades más famosas en la anterior (y mucho peor) crisis: en un clásico del supermercado Disco, un repartidor le convida parte de lo que debe repartir a un chico que le pide comida. La marca muestra solidaridad. Intenta vender con eso. “Meritócratas” es todo lo contrario. Ahora bien, ya admitimos que el cinismo de “Meritócratas” representa un cambio bastante triste en los mensajes públicos. Pero, ¿podemos echarle la culpa al concepto de meritocracia?

2.
La primera cuestión que me interesa es más bien sociológica. El concepto de mérito es, en muchos casos, una manera que tienen los ricos para evadir la “culpa burguesa”. Si tengo dinero, me lo merezco. Yo me lo gané. Plantear que el mundo real es una meritocracia es, entonces, reproducir este lugar común. Y en Argentina, al menos en la cima de la pirámide social, esto es bastante dudoso. El siguiente gráfico publicado hace poco en The Economist nos muestra que nuestro país es uno de los más afectados por el “crony capitalism”, el famoso capitalismo de amigos. En resumen, los más ricos en Argentina son ricos porque el Estado los subvenciona, no tanto por su talento personal. La reciente firma del documento de Macri con el “sector empresarial” fue una muestra de este crony capitalism argentino: los empresarios constituyen un conjunto, se comprometen a alguna ridiculez junto con el gobierno, y a cambio el gobierno les promete que ese conjunto no va a cambiar. La idea del capitalismo de amigos es que el plantel de empresarios sea tan estable como el de sindicalistas: un extraño capitalismo sin entrants, sólo con incumbents. Los recientes bloqueos del gobierno a RyanAir y Uber por bajar el precio de los productos son una muestra más cabal de este fenómeno; aunque el intendente de San Jorge, que prohibió la instalación de nuevos comercios en la ciudad, dio la muestra definitiva.

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El concepto de mérito es una manera que tienen los ricos para evadir la “culpa burguesa”. Si tengo dinero, me lo merezco. Yo me lo gané. Plantear que el mundo real es una meritocracia es reproducir este lugar común.

De cualquier modo, es exagerado (y bastante tonto) desconfiar de los que tienen dinero en general. ¿No merece Charly García ser rico? ¿Y Maradona? ¿Y los ingenieros en petróleo, o los neurocirujanos, o los arquitectos de torres? Quizás la cima de la pirámide social argentina sea puramente de acomodados y contratistas. Pero es falaz extender esa calificación a la estructura social entera. En realidad, es difícil establecer quién merece y quién no merece un determinado estatus social. Según el espíritu capitalista, el mercado es un mejor árbitro que la discusión conceptual. Si tenés dinero, es porque de algún modo lo supiste conseguir. Quizás no te “esforzaste” tanto, y simplemente fuiste ingenioso. Si la meta es clara (ganar dinero), el mérito corresponde a quien sepa jugar mejor el juego. Claro que, como se ha discutido recientemente, hay factores de suerte en el punto de partida. Por ejemplo, algunos heredan y otros no. No voy a detenerme en eso, que ya fue discutido por otros. Para ese debate, vean el texto de Federico Mana, la nota de Facundo Falduto o el texto de Raquel San Martín; argumentos de ese estilo contra el concepto de mérito pueden encontrarse en Rawls (1971:104).

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Si tenés dinero, es porque de algún modo lo supiste conseguir. Quizás no te “esforzaste” tanto, y simplemente fuiste ingenioso.

Encuentro que estas reacciones van demasiado lejos. Dejando de lado de los factores de suerte, decir en términos generales que “los ricos no merecen ser ricos” es sin dudas exagerado. Si estás leyendo esto (esto significa: pertenecés a cierta elite intelectual) y no te alcanza la plata, seguramente hiciste algo mal. Por ejemplo, no te metiste a estudiar ingeniería a la universidad. Como antes dije, el capitalismo de amigos afecta a la cima de la estructura social, pero no a la estructura social en su conjunto. Mal que bien, la riqueza de las personas depende de su contribución material al mundo. Si te pagan bien, en la mayoría de los casos, es por algo. Podríamos decir que esta escala no es punto-a-punto: es probable que trabajes de algo más productivo que tu jefe y te paguen menos. Pero este fenómeno de desajuste no puede darse de forma global, porque implicaría una irracionalidad completa de los agentes económicos. Y boludos no son.

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Mal que bien, la riqueza de las personas depende de su contribución material al mundo. Si te pagan bien, en la mayoría de los casos, es por algo.

Dos consideraciones sobre el mérito pueden ser útiles. La primera es que solemos equiparar al mérito con el esfuerzo. He visto últimamente ideas como las siguientes: “mérito tiene José, que se recibió de médico trabajando doce horas por día para mantener a su mamá”. Bien, José tiene mérito. ¿Pero acaso no tiene mérito Pedro, que se recibió de médico sin tener que trabajar y con profesores particulares? Podríamos decir que el primero tiene más mérito que otro. Ahora, supongamos que tenemos que contratar a uno de los dos para un trabajo en una clínica. ¿A quién contrataríamos? Quiero creer que lo relevante, en ese caso, es quién puede cumplir mejor la función correspondiente. Por ejemplo, si José “el esforzado” se recibió con un promedio de 7, y Pedro “el privilegiado” con un promedio de 10, naturalmente contrataríamos al segundo. ¿Se ha roto así el concepto de meritocracia? Como siempre, depende cómo se describan las cosas. Si diéramos un premio “al esfuerzo”, ese premio lo merece José, el pobre que se esforzó. Pero si estamos dando un cargo en una clínica, ese cargo lo merece obviamente Pedro, que entiende más medicina. Entonces, la “meritocracia” no consiste en la victoria de los que más se esfuerzan.

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La sobrecalificación es la marca de nuestra época: millones de profesionales se esfuerzan para encontrar el trabajo perfecto, pero (¡oh sorpresa!) terminan trabajando en cosas para las cuales podrían haberse preparado en menos tiempo.

También es interesante ver cómo interactúan el mérito y la sobrecalificación. Suele decirse que la sobrecalificación es la marca de nuestra época: millones de profesionales se esfuerzan para encontrar el trabajo perfecto, pero (¡oh sorpresa!) terminan trabajando en cosas para las cuales podrían haberse preparado en menos tiempo. Muchas de las aparentes violaciones de la meritocracia surgen de este fenómeno. ¿Merece Diego Leuco un lugar en la tele de aire, o está ahí por ser hijo de Leuco? Bien, es muy probable que mucha gente  pueda hacer el trabajo mejor que Diego Leuco. Pero él lo hace bien, sin dudas. ¿Cómo determinaríamos quién merece un lugar como panelista en un programa de la tarde? Para esta clase de trabajos, uno siempre puede ser mejor, pero llegado un punto, una persona con más capacidad no agrega mucho más valor. Para pensar un caso extremo, si necesito contratar un kiosquero, pueden lloverme CVs de jóvenes trabajadores que saben hablar cuatro idiomas. Pero no tiene nada de malo si contrato a mi hijo, un vago, si después de todo una mayor preparación no hace gran diferencia en un trabajo así. Lamentablemente, sabemos que la Argentina es el paraíso de los “shitty jobs”, y según estadísticas, es el país con mayor cantidad de trabajos mecanizables del mundo. De ese modo, no puede sorprender que la “meritocracia” no aplique en muchos casos: simplemente es innecesaria.

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Otra cuestión, más conceptual, es la naturaleza del mérito. ¿Existe el mérito? ¿Es imaginable una meritocracia?

3.
Otra cuestión, más conceptual, es la naturaleza del mérito. ¿Existe el mérito? ¿Es imaginable una meritocracia? El mérito parece una noción demasiado vaga como para ser tomada en serio. Pero los juicios sobre el mérito sobre las personas son muy comunes: “Pedro merece ese cargo”; “Juan no merecía ese ascenso”. En vez de eliminar la idea de “mérito”, quizás sea mejor analizar qué significa. Hay dos nociones de “mérito” en juego, una utilitaria y otra basada en virtudes. La noción utilitaria (defendida por Sidgwick, entre otros) nos dice que alguien merece un puesto siempre que tener a ese individuo en ese puesto sea útil. La imagen más clara de esta noción de mérito es Michael Scott, el jefe de The Office. Es vago, racista, machista, y completamente idiota, pero su trabajo lo hace bien. Sigue en su cargo porque, de algún modo, aumenta la productividad de la empresa. En ese sentido, claramente “merece” el puesto. No tiene muchas más virtudes más allá de ser útil y generar productividad. De hecho, es el opuesto al gerente “de manual”.

La segunda noción de mérito (basada en virtudes) sostiene que alguien merece un puesto en esa institución siempre que la institución valora cierta virtud, y el individuo tiene esa virtud (Cumminskey 1984). Por ejemplo, un bailarín merece estar en el Ballet Estable del Colón siempre que sea un buen bailarín. Rosenkrantz merece estar en la Corte Suprema porque se lo considera un gran jurista. La virtud y la utilidad a veces coinciden, a veces no: individuos virtuosos fracasan muy seguido; y otras veces (como en el caso de Michael Scott), individuos sin virtud alguna resultan muy útiles, por el contexto general o simplemente por suerte. El concepto de mérito basado en virtudes suele aplicarse al ámbito público. Nos rajamos las vestiduras porque Bergman es ministro de Medio Ambiente. Lo consideramos injusto, porque le falta mérito y carece de las virtudes correspondientes (por ejemplo, nunca estudió temáticas de Medio Ambiente). Incluso si hiciera un buen trabajo, no va a tener mérito para su puesto. Pero si una empresa privada contrata para control de impacto ambiental a Bergman, diríamos que tomó una pésima decisión; no sería un caso de injusticia, sino básicamente de estupidez.

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La distinción entre el mérito utilitario y el mérito basado en virtudes puede corresponder también con la diferencia entre productos materiales y espirituales.

La distinción entre el mérito utilitario y el mérito basado en virtudes puede corresponder también con la diferencia entre productos materiales y espirituales (admito que esta distinción huele a viejo, pero aún sirve). Por productos “espirituales” entiendo la producción de conocimiento o de belleza, donde el éxito comercial no es necesariamente un valor. El mérito basado en virtudes juega un rol preponderante en premios artísticos y en puestos académicos. ¿Mereció el Oscar Jeniffer Lawrence? ¿Merece Horacio González ser titular de la UBA? ¿Merecía Cecilia Bolocco ser Miss Mundo? ¿Merece Lisandro Alonso un subsidio del INCAA? Para averiguarlo, tenemos que saber qué virtudes se buscan en cada caso.

El mérito basado en virtudes es particularmente relevante en regímenes totalitarios. Piensen, por ejemplo, en los interminables juegos tipo olímpicos y desafíos coreográficos de Corea del Norte. No hay, seguramente, país que reparta más diplomas y medallas que la dictadura de los Kim. En ese país no podría haber una noción de mérito utilitario porque (como sugiere Pyonyang de Delisle) casi nadie es útil. Entonces el objetivo de una vida puede consistir en ganar la medalla del dictador como buen bailarín, buen cantante o buen deportista. Hace poco pudimos ver el concepto de mérito basado en virtudes en su aplicación más cruda, que mezcla la esfera pública con la “espiritual”: la asignación de programas de radio y televisión en medios públicos. ¿Merece Pedro Brieger un programa? ¿Y Gustavo Noriega? No nos preguntaríamos eso si los medios fueran privados. Nos limitaríamos a decir que determinada decisión es racional o no lo es. A nadie le interesa, por ejemplo, si Lanata “merecía” conducir un programa de preguntas y respuestas: lo pusieron y les fue mal. Punto.

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De todos modos, incluso en la utopía capitalista y racionalista, donde todos son infalibles en la búsqueda del éxito económico, el concepto de “mérito” no se agota en la utilidad.

El otro concepto de mérito, el utilitario, parece corresponder más a la producción material, donde el objetivo fundamental es ganar dinero. Según esta perspectiva, tu mérito es ser útil. Lo llamativo es que, ahora, elegir individuos con falta de mérito no es un error moral sino racional. Elegir al que no es apropiado para el cargo finalmente daña las utilidades de la empresa en su conjunto. En un mundo puramente capitalista, este concepto de mérito es incluso innecesario: un individuo tiene mérito para un cargo simplemente cuando a los jefes les conviene contratarlo. Si asumimos la racionalidad de los agentes, la meritocracia será muy parecida a la realidad. Después de todo, siempre es mejor tener un buen gerente, un buen cirujano, un buen conductor de televisión. Hablar de un mundo ideal meritocrático es entonces confuso. En el mundo perfectamente capitalista de Chevrolet, podríamos prescindir del concepto de mérito: el que tiene más dinero no tiene ninguna virtud específica (no necesariamente sabe más, o trabaja más, o se esfuerza más), simplemente pudo ganar dinero de algún modo. Fue estratégico y tuvo suerte, en mayor o menor medida. Ese mérito utilitario es, en términos prácticos, equivalente al éxito. Entonces, hablar de “mérito” se vuelve redundante.

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La economía (y en particular la argentina) está atravesada por acomodos. En un marco de crony capitalism, uno puede ser millonario y a la vez ser un estorbo para la sociedad.

Ciertamente, ese escenario de capitalismo utópico está lejos de la realidad, por distintas razones. Como mencioné en la sección anterior, la economía (y en particular la argentina) está atravesada por acomodos. En un marco de crony capitalism, uno puede ser millonario y a la vez ser un estorbo para la sociedad. En segundo lugar, tampoco podemos asumir la racionalidad de los agentes en todo caso: si el jefe decide darle el puesto a un vago inútil porque es su amigo, claramente no está evaluando el mérito utilitario. Igual, aunque sea cómodo pensar que nuestra miseria fue producto de la corrupción y la irracionalidad de otros, aquí relativicé la importancia de estos dos fenómenos (sin ignorar su existencia): el capitalismo de amigos no puede explicar el conjunto de la estructura social, y las decisiones irracionales no pueden darse de forma global. Otras decisiones que parecen ir contra la meritocracia no son del todo irracionales, como mencioné en la sección anterior respecto a los “trabajos de mierda”. Allí, puede suceder que alguien es mejor para un puesto, pero el acomodado es sólo ligeramente peor; un mérito mucho mayor puede significar un beneficio absolutamente marginal. De todos modos, incluso en la utopía capitalista y racionalista, donde todos son infalibles en la búsqueda del éxito económico, el concepto de “mérito” no se agota en la utilidad. Como antes mencioné, los menos afortunados tendrán de su lado el concepto de mérito basado en la virtud. Como Fito Páez cuando piensa, con bronca: “Arjona no merece llenar tantos Luna Park”. ¿Resentimiento? Tal vez, pero un poco de razón tiene. Finalmente, una curiosidad. Para los que disfrutamos de las paradojas, lo mejor que podría pasar es que esta horrenda campaña publicitaria haya sido exitosa. Ahí podríamos discutir, otra vez, sobre sus méritos///////PACO