Fanáticos: una defensa


¿Por qué hay tantos fanáticos? Una posible respuesta es que, a tanta exposición de contenidos por redes sociales y medios de información, las personas se inclinan a ponerse firmes en una posición a partir de la cual interpretar la información en su conjunto. Está probado [1] que mientras más pensamos sobre un objeto, más fuertes se vuelven nuestras opiniones (algo que los psicólogos llaman polarización). Esto podría explicar por qué la gente es tan fanática con Cristina, Macri, o demás personajes cuyos discursos y acciones aparecen todo el día en las pantallas. Una visión polarizada ayuda a elaborar grandes conjuntos de información más fácilmente. Un fanático de un equipo (donde este equipo puede ser una persona, una idea, un club o una institución) no presta atención a las razones en  contra de su equipo, y exagera las razones contra el adversario. La clave del fanático es minimizar lo malo de su propio equipo a límites poco razonables. Todo el mundo quiere ganar, pero el fanático se pasa de la raya. Si mi equipo pierde, no perdió; si miente, por algo será; si roba, por algo será; si mata, por algo será (o mejor, “autoatentado”).

quintin

Si mi equipo pierde, no perdió; si miente, por algo será; si roba, por algo será; si mata, por algo será (o mejor, “autoatentado”).

Sin embargo, a pesar de su propia naturaleza, el fanático disfruta de detectar fanatismo (como si fuera algo malo) en los otros. Un intercambio clásico entre los bandos políticos locales es el siguiente: un kirchnerista critica la medida X de Macri, y un macrista le responde “no podés criticar X, porque te bancaste Y” (es decir, un obvio no-argumento). Aquí, el macrista acusa al otro de fanático, pero al mismo tiempo, evita opinar sobre X. Lo mismo podría pasar al revés: el macrista critica cierta cosa del período K, y el kirchnerista le responde “ves, cuando lo hacen los tuyos no te molesta”. De nuevo, el fanático acusa de fanático a otro, y evade la argumentación. Desde el punto de vista puramente individual, el fanatismo implica un error epistémico, porque condiciona la manera de recibir información. El fanático exagera lo malo (y minimiza lo bueno) de su enemigo, y exagera lo bueno (y minimiza lo malo) de su propio equipo. En términos científicos, diríamos que tiene un sesgo confirmatorio constante y muy marcado a favor de sus ideas iniciales. Esto no le permite ser un interlocutor suficientemente honesto, y por ende, si pensamos fríamente, no tendríamos por qué discutir con él.

tw3

El fanático exagera lo malo (y minimiza lo bueno) de su enemigo, y exagera lo bueno (y minimiza lo malo) de su propio equipo.

Además del sesgo, el fanático tiene otro problema grande. Suele llamarse blindspot o “punto ciego” al fenómeno de no poder ver características de uno mismo. El fanático se alimenta de un blindspot fundamental, que es no reconocer su propio fanatismo. Si le decimos a un fanático que está siendo fanático, su respuesta será naturalmente: “¡no soy un fanático, sólo conozco la verdad y soy demasiado insistente!”. En ese sentido, si la idea es razonar mejor o adquirir mejor información, nadie debería querer ser un fanático, porque es un carácter epistémicamente viciado. Al menos en esos dos sentidos que mencioné: el fanatismo implica un fuerte sesgo confirmatorio y está basado en un punto ciego fundamental. Sin embargo, ¿vale la pena hacer una purga de fanáticos? Me interesa argumentar que no. En primer lugar, como la psicología reciente nos muestra, todos somos fanáticos en cierto grado. Es decir, el propósito del razonamiento es defender nuestras primeras impresiones, no llegar a la verdad [1]. Si ignoramos los contra-argumentos, estamos razonando correctamente, porque el propósito de razonar es justamente tener razón. Lo que no queremos es perder o arrepentirnos. Eso no significa que seamos bestias irracionales. Por el contrario, una vez establecidas nuestras opiniones, podemos ser mejores o peores argumentadores. Lo incorrecto es pretender que alguien revise sus creencias intuitivas a partir de contra-argumentos (se calcula que la gente que podría hacer esto no es más que un 10%). La buena argumentación consiste en la capacidad para encontrar mejores argumentos a favor de la propia posición y en contra de la posición de los adversarios.

tw4

¿Pero acaso la razón no ha tenido sus grandes hitos, como Darwin o Galileo? Claro que los ha tenido, pero eso no ha sido porque esa gente era particularmente inteligente.

¿Pero acaso la razón no ha tenido sus grandes hitos, como Darwin o Galileo? Claro que los ha tenido, pero eso no ha sido porque esa gente era particularmente inteligente. Sino más bien porque tuvieron la idea correcta, hecho que responde más al azar que a la inteligencia. La famosa suerte epistémica. El resto del trabajo fue encontrar razones a favor de sus ideas, y en eso no eran particularmente mejores que sus adversarios. Intentaron probar su punto con la misma pasión que Ptolomeo o Lamarck. La diferencia es que tenían razón en el punto de partida. Además de la inevitabilidad y la ubicuidad de los sesgos propios del fanatismo, el mundo es mejor con fanáticos que sin ellos. En el discurso público exagera el daño que los fanáticos hacen a la discusión pública. El límite de esta actitud es el llamado al silencio. Pero en realidad, el fanatismo está lejos de ser nocivo para la discusión pública. El rechazo al fanatismo es simplemente una pose: no tiene sentido discutir si uno admite que es un fanático. El juego de convencer al otro es relativamente ficticio (en general nadie se convence de nada que no piense de antemano), pero aun así, la admisión del propio fanatismo destruye las motivaciones de los otros para discutirnos. En ese sentido, el punto ciego que antes critiqué se revela como necesario para mantener la discusión. Un fanático que admite su condición es como un vendedor que advierte “te estoy diciendo que mis productos son los mejores porque te quiero vender”. ¿Quién compraría eso?

8.9-savonarola-predica

La argumentación es un juego abstracto de dar y recibir razones; pero los que realmente creen en lo que defienden van a terminando dando mejores razones.

Además, el fanático tiene dos grandes virtudes. Primero, tiene motivación. Es decir, cree en su causa. Y está confirmado que las personas son mucho mejores argumentando cuando realmente creen en lo que argumentan. La argumentación es un juego abstracto de dar y recibir razones; pero los que realmente creen en lo que defienden van a terminando dando mejores razones. El razonamiento en abstracto suele dar como resultado el fracaso total. Mientras que las personas que creen en lo que argumentan, si bien pueden cometer falacias o errores para despejar objeciones (es decir, caer en el sesgo que antes mencionaba), también suelen aportar los mejores argumentos a su favor, y las mejores objeciones contra los adversarios. Por ejemplo, en el famoso test de Wason se evalúa la capacidad lógica de las personas. Sin entrar en detalles, el experimento nos pide que busquemos contraejemplos para falsificar una oración del tipo “si A, entonces B”. En casos abstractos, el éxito es de alrededor de 15% (de aquí se infiere en general que la gente es pésima razonando). Pero cuando las personas realmente quieren falsificar la oración, por ejemplo, cuando los individuos son negros y la oración es “si x es negro, x es vago”, la habilidad lógica mejora, llegando a un éxito del 50% (y manteniéndose el éxito en 20% para personas no-negras) [2]. Entonces, podemos decir que el agente motivado razona mejor.

cyberpunk-2560x1440-virtual-reality-glass-addict-room-395

Si una idea es plausible, lo mejor que puede pasar es que exista un fanático que se pase el día buscando razones a su favor.

La segunda virtud del fanático es su obsesión. Esta obsesión se traduce en la búsqueda constante de información sobre sus enemigos. No sólo eso, el fanático también es capaz de invertir mucho tiempo y energía en ganar la discusión. Cosa que obviamente no van a hacer sus rivales ni la mayoría apolítica. La gracia de Sherlock Holmes, el detective imparcial y obsesivo que recolecta la información para sacar conclusiones, es que no existe. En general, la obsesión con la información está motivada por el fanatismo, no por el deseo de conocimiento. La obsesión, así como pasaba con la motivación, tiene su contracara. Del mismo modo que los humanos adultos somos los únicos capaces de razonar, también somos los únicos en darnos varias veces con la misma pared (es decir, continuar un curso de acción una vez que ya invertimos tiempo, dinero o esfuerzo en él). Los psicólogos ejemplifican el fenómeno con el avión Concorde, que los gobiernos de Francia y Reino Unido siguieron financiando a pesar de ser claramente inviable desde el punto de vista económico (por eso el fenómeno suele llamarse efecto Concorde [3]). Esta actitud de obstinación injustificada es un tipo de comportamiento que, aparentemente, no existe en animales ni en niños. Sin embargo, en tanto no seamos nosotros quienes nos damos varias veces con la misma pared, este es un problema que no nos afecta. Si una idea es plausible, lo mejor que puede pasar es que exista un fanático que se pase el día buscando razones a su favor. Y que se choque cien veces contra la pared, si es necesario.

tw1

En contextos políticos, el fanático tiene rotación de calidad. Con esto me refiero a que, según los tiempos que toquen, el fanático será legible e interesante o será aburrido e insoportable.

Por último, en contextos políticos, el fanático tiene rotación de calidad. Con esto me refiero a que, según los tiempos que toquen, el fanático será legible e interesante o será aburrido e insoportable. En general, los fanáticos oficialistas son mucho menos interesantes que los opositores, y esto no tiene nada que ver con Macri, Cristina u otras contingencias locales. Los oficialistas están condenados a defender las cosas tal cual son, mientras que los opositores pueden proponer una cantidad indefinida de vías alternativas. Es obviamente más interesante lo segundo que lo primero. Además, quien critica al poder será naturalmente más atractivo que quien le chupa las medias. Por eso, en el caso local, el llamado al silencio del troll de la Pajarita y similares es particularmente erróneo. A esas miles de personas que fueron fanáticas oficialistas, ahora les toca ser fanáticos opositores. ¡Claramente es su momento para alzar la voz! La rotación de calidad garantiza que ningún fanático está necesariamente perdido, porque siempre puede aparecer el momento en que su voz se vuelva interesante. Tradicionalmente se ve al fanatismo como un spandrel de la capacidad de razonar. Es decir, el razonamiento fue una capacidad natural que nos permitió sobrevivir, y el costo a pagar es la existencia de fanáticos, que usan esa capacidad para manipular y mentir. Sin embargo, la evidencia sugiere más bien que el fanatismo es anterior al razonamiento. Lo que nos permitió sobrevivir no fue “pensar mejor”, sino aprender a utilizar artilugios verbales para convencer a los demás de nuestras posiciones. El spandrel sería, en todo caso, el razonamiento puro y abstracto; por eso somos tan malos para razonar de ese modo.

Argentina-Debate_3

Entonces, si los fanáticos son inevitables y tienen algunas innegables virtudes (como la motivación y la obsesión) ¿por qué los odiamos tanto?

Entonces, si los fanáticos son inevitables y tienen algunas innegables virtudes (como la motivación y la obsesión) ¿por qué los odiamos tanto? Más allá de la pose anti-fanática, que es una precondición para poder venderse como un sujeto razonable y con buenas intenciones, el desprecio a los fanáticos en el discurso político tiene su base en la filosofía deliberativa. La fantasía de la discusión política, de Habermas en adelante, es de una discusión cooperativa. La cooperación consiste en ser receptivo a las razones que me dan los otros, y ser atento a proveer razones a favor de mis propias ideas; el fin último de esta cooperación es llegar al consenso. El fanatismo es el contrario de esa práctica cooperativa, porque no escucha las razones en su contra, y no busca llegar a ningún tipo de consenso. De todas formas, la idea de discusión cooperativa ha sido abandonada hace rato por la psicología. Ciertamente, una discusión cooperativa entre individuos más o menos confiables nos lleva gradualmente más cerca de la verdad [4]. Pero estos son casos muy inusuales. La mayoría de las veces, una discusión es más bien una confrontación, donde cada persona intenta probar un punto. No hay una verdadera cooperación, porque no se intenta llegar a un acuerdo. De hecho, en la mayoría de las discusiones no se llega a ningún tipo de consenso: quizás uno tiene razón y el otro no, pero conceder el punto es algo que no hacemos, e incluso está mal visto.

kennedy.nixon_

Si admitimos que todos son fanáticos en cierto grado, el detective de coherencia es simplemente un fanático con mala fe. Y esos son los peores.

Entonces, es deseable y absolutamente inevitable que existan los fanáticos; solo como ideal regulativo, es mejor tratar de no ser uno de ellos (esta recomendación es, de todos modos, tan efectiva como “tratemos de ser buenos”). El fanático puede o no tener razón, pero eso no habla demasiado sobre su inteligencia. Después de todo, tener razón depende más de la casualidad que de la capacidad. Son afortunados, y no genios, los que eligen defender las ideas correctas y se aferran a ellas. Además, si una discusión aporta en algo, es hacia los de afuera, no hacia los contrincantes. El abogado defiende, el fiscal acusa, pero el jurado es el que escucha. De ahí proviene el mayor beneficio de los fanáticos a la discusión pública. No esperamos objetividad de ningún lado (con esto no rechazo que exista la objetividad, simplemente señalo que a nadie le importa ser objetivo), pero sí esperamos de un fanático que busque los mejores dardos, las mejores críticas para afectar el otro. Al final de cuentas, la diferencia entre la información proveída por un fanático y por un investigador imparcial es irrelevante. La información es cierta o no, es interesante o no, está chequeada o no. Eso definitivamente no depende de quién la enuncia. Si realmente vamos a hacer una purga de personajes indeseables, preferiría no limpiar la esfera pública de fanáticos, sino justamente limpiarla de anti-fanáticos. Ciertamente, uno podría pasarse el tiempo detectando fanáticos e incoherentes. Pero, ¿de qué vale? Si admitimos que todos son fanáticos en cierto grado, el detective de coherencia es simplemente un fanático con mala fe. Y esos son los peores. En resumen, el fanatismo y la polarización son más un fenómeno a entender que un problema a resolver. La polarización es un producto, entre otras cosas, del contacto incesante de las personas con la información, hecho al que debemos acostumbrarnos. Es ciertamente vulgar pedirle a un gobierno que traiga la unidad; igual de vulgar es desear algún tipo de unidad. Estamos configurados para ser fanáticos, y el mundo nos hace más fanáticos aún. No hay que lamentarse tanto. Los fanáticos también aportan, aunque quizás no lo saben, a la democracia. Y, mal que les pese, trabajan en conjunto con sus más feroces enemigos//////PACO

[1] Mercier & Sperber, “Why do humans reason” (2011)

[2] Dawson et al, “Motivational Reasoning and Performance in the Wason Selection Task” (2002)

[3] Arkes & Ayton, “The sunk-cost and Concorde effect” (1999)

[4] De esto se trata el famoso Teorema del Jurado de Condorcet (1785)