Un millón de frenemies


Si durante el tiempo en que la cuestión de la diferencia admitía y respetaba la pregunta fue sobre la existencia de la amistad entre el hombre y la mujer, ¿cómo deberíamos reformularla para que se ajuste a un presente donde todo –absolutamente todo– se aferra a la Babia de la neutralidad? Si hoy “lo femenino” y “lo masculino” —la sensibilidad, la experiencia, la forma y por qué no su respectivo universo de femeneidad y masculinidad– pretenden pertenecer al mismo conjunto, tal vez la pregunta debería ser si existe la amistad en el igualitarismo o, si tensamos un poco más la cuerda, si resiste y existe la idea de la amistad en un contexto de esas características. Para pensar en respuestas a esas preguntas es condición necesaria observar las formas que adquieren hoy las amistades atravesadas por los vectores tecnológicos —y vale lo mismo para otros tipo de relaciones, sobre todo las sentimentales, pero ese es un iceberg con el que prefiero chocar en otro momento— y abandonar, a menos por un rato, la idea más romántica de la amistad con su calidad inseparable de verdadera. Esa solemnidad —la que cuenta los amigos “con los dedos de una mano”— ha sido diezmada por el amiguismo de valores millenials. Hoy todo ocurre y transcurre a través de una pantalla, y si no, es llevado de manera autómata a cualquier formato que permita su exposición, instancia que con el tiempo ha cobrado más y más relevancia, al punto de ser prueba de veracidad. Las amistades se gestan y se engordan arroba mediante, se ensalzan en el juego histérico del Me gusta y del botón de Compartir, acción que usualmente está desprovista de pudor y cargada de una idolatría vergonzante, se fotografían, se filtran e instagramean a la vista de todos. No por nada la expresión pic or didn’t happen se ajusta perfecto a este registro del show.

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Taylor Swift tiene 26 años y, según Forbes, una fortuna estimada en $80 millones de dólares, ubicada en el octavo puesto de las celebridades mejores pagas de la industria del entretenimiento norteamericano.

Taylor Swift tiene 26 años y, según Forbes, una fortuna estimada en $80 millones de dólares, ubicada en el octavo puesto de las celebridades mejores pagas de la industria del entretenimiento norteamericano. Comenzó su carrera como cantante y compositora de música country para, solamente dos años después, dedicarse al mainstream del pop. Con cinco discos en su haber —Taylor Swift (2006), Fearless (2008), Speak now (2010), Red (2012) y 1989 (2014), todos alcanzando el platino más de una vez— Swift se posicionó en la industria como mucho más que un talento sureño. Se ganó el respeto de sus pares y la admiración de sus fanáticas —abrumadora mayoría femenina— con algo más que música: supo defender su imperio retirando su música de catálogo gratuito de Spotify y criticó a Apple Music por no pagar regalías a los artistas en los tres meses de prueba gratuitos que ofrece su servicio de streaming. Tan solo un día después de sus declaraciones, directivos de Apple cambiaron las reglas: comenzarían a pagar. Música, compositora, actriz, filántropa y feminista confesa, el último antojo de la influyente Taylor Swift gira en torno a su Girl Squad —“escuadrón de chicas”—, en el que la exacerbación y el exhibicionismo son parte constitutiva no de sus amistades sino de las mujeres por las que se deja orbitar. Todas celebridades, millonarias y, salvo por la embajadora del feminismo whitewashed Lena Dunham, todas muy lindas, la señorita Swift pone la vara del modelo de la amistad femenina a la altura de lo imposible y se apropia de su Squad para convertirlo en un accesorio de moda. El desfile de chicas incluye a Selena Gomez, Emma Stone, Cara Delevigne, Nicki Minaj (con quien tuvo un áspero intercambio de tweets pero en el que finalmente el amor venció al odio), Jennifer Lawrence, Lorde y un puñado más de starlets jóvenes que no hacen más que responder al juego de la abeja reina. Taylor impone, desde su lugar de privilegio, una serie de “reglas para la amistad” que básicamente establecen que quienes no están con ella están en su contra e insiste, de manera casi evangelizadora en shows y entrevistas, en los poderes sanadores de la amistad femenina. “Hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres”, declaró.

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La amistad para esta Barbie Nazi —así la apodó la escritora feminista norteamericana Camille Paglia— no es otra cosa que un sistema excluyente a la vez que una herramienta de marketing pop.

En esos términos y de forma similar a lo que ocurrió con las Spice Girls en la década de los noventa, la amistad para esta Barbie Nazi —así la apodó la escritora feminista norteamericana Camille Paglia— no es otra cosa que un sistema excluyente a la vez que una herramienta de marketing pop. El escuadrón de chicas no es tan solo el grupo de pertenencia sino que también opera como un grupo de autoayuda. Hiperactiva en las redes sociales, Taylor Swift condensa su liderazgo a través de Instagram —cuya cuenta es la segunda más popular, con casi 60 millones de seguidores, justo después de la cuenta de la misma aplicación— donde postea las mejores capturas de su gatito y su squad. El mito de la amistad como panacea queda afianzado en cada una de las fotos, en las cuales muchas veces se hace difícil distinguir si fueron resultado de una producción de modas o si fueron momentos verdaderos, y en las que aparentemente no queda espacio para la deficiencia, el error o la carencia de las relaciones humanas que conocemos el resto de nosotros. La joven Taylor se comporta como una nueva rica a la que le regalaron muñecas nuevas, soberbia, perfecta, siempre lista para el display público de amor a sus elegidos.

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Si a las exigencias de tener un hombre al lado, parir hijos y forjar una carrera se le suma tener amigas y una vida social como la de Swift, es hora de bajar la persiana o morir en el ridículo de la imitación.

Si a las exigencias sociales de tener siempre un hombre al lado, parir hijos prodigios y forjar una carrera exitosa se le suma la de tener amigas y una vida social como la de Taylor Swift, entonces es hora de bajar la persiana o morir en el ridículo de la imitación. Si lo que interesa es desvestir el artificio y derrocar las perfecciones, el deber es dejar de lado las construcciones de la fascinación. Aleksandr Solzhenitsyn, Crimen y castigo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Momofuku, 2015), escrito por Lolita Copacabana, es ejemplo de una narrativa que explora los vínculos entre mujeres desde una perspectiva terrenal y que contempla las contradicciones como parte natural de la existencia. Nutrida por elementos de la industria del entretenimiento norteamericano y con nombres propios de starlets, Lindsay Lohan y la madre de Elle Fanning son las protagonistas de la novela que se enfrentan a circunstancias accidentales en un territorio verídico, transitable y conocido. Lejos de la imágen imbatible de Taylor Swift, estas mujeres accionan sobre las alteraciones de su cotidianeidad con su neurosis, su soledad y su independencia a cuestas, y tratan con sus amigas con la misma resignación que empapa el resto de su vida. La amistad entre mujeres, en Aleksandr Solzhenitsyn, se acerca más a la idea de burocracia que a la fantasía del Girl Squad, característica que la hace sobresalir de los ideales pop feministas promedio: “Lindsay Lohan no tiene idea de qué impulso fue el que ayer a la noche la llevó a organizar este ‘almuerzo de mujeres’, como lo bautizara divertida Amanda Bynes. Lindsay Lohan no sabe muy bien qué es lo que los constituye en realidad, pero tiene el presentimiento de que detesta los ‘almuerzos de mujeres’”. El juego entre nombres de celebrities inmersos en escenarios reales conforman un viaje a la vida interior de mujeres reales, sin la imposición de que real signifique ordinario. La novela de Copacabana se explaya sobre aquello que Taylor Swift, en nombre del género, no se permite mostrar.

LOS ANGELES, CA - NOVEMBER 20: Selena Gomez, Nicki Minaj, Katy Perry and Taylor Swift in the audience at the 2011 American Music Awards at the Nokia Theatre L.A. LIVE on November 20, 2011 in Los Angeles, California. (Photo by Jeff Kravitz/AMA2011/FilmMagic)

La novela de Copacabana se explaya sobre aquello que Taylor Swift, en nombre del género, no se permite mostrar.

Mientras que la amistad entre hombres es uno de los bienes más preciados y mejor posicionados de su género —enarbolados en la solidez, la lealtad y los “códigos”—, entre mujeres la cuestión es mucho más espinosa, y tanto ejemplos de la empiria como sus respectivos retratos culturales, reproducen la complejidad femenina y dejan abierta la pregunta de si es posible la amistad entre mujeres y, en este cuadro de situación, qué formas toma cuando se convierte en la casi ineludible performance pública. La mala prensa habla de competencia tácita, envidia y cat fights, que la aparición de un hombre habitualmente hace estragos, la de una nueva amiga suscita celos y planteos, donde a la orden del día están los puñales por la espalda. Se dice que el conflicto es una característica inherente al universo de “lo femenino”, como si esta complejidad fuera síntoma de que la amistad suple algo que entre mujeres no nos podemos dar//////PACO