Contra los buenos poetas


Cuando Gombrowicz escribe contra los poetas se presta a suponer que “a casi nadie le gustan los versos y que el mundo de la poesía en verso es un mundo ficticio y falseado”. A la vez, como buen pensador de su propia práctica, pone en tela de juicio la tesis que enuncia, suponiendo que muchos van a refutarla por poco seria. Sin embargo insiste. Avanza en su argumentación. Arremete contra todos. “A mí los versos no me gustan en absoluto y hasta me aburren”, afirma. Un poeta prolífico aburrido de su propia práctica. Un escritor destacado firmando con nombre y apellido que el lenguaje de los poetas es el “menos interesante de todos los lenguajes posibles”. ¿Existe alguna versión de la sinceridad más brutal y atractiva?

Leer a Lucas Soares (1974) me recordó esta diatriba de Gombrowicz: Contra los poetas; también el Llamado por los malos poetas de Fogwill y un tibio artículo periodístico donde el escritor chileno Alejandro Zambra intenta desdecirse –en un gesto olvidable- de su decálogo contra los poetas luego de una tardía y fugaz polémica con Javier del Cerro. ¿Cuál es el punto al que quiero llegar? Escribe Soares: “Los destinos se torcieron / en un avión ínfimo / sobrecargado de gente, algunos locales / pensé en vos, no me preguntes por qué / pensé en vos / en ese avioncito maltrecho”. Los versos corresponden al poema que abre el libro, donde se hace referencia a una primera mujer: Noe. Más adelante Soares le escribe a Pola y, para terminar, también retrata a Li.

El lector siempre quiere saber más, hurgar en los espacios íntimos, descubrir nuevas aristas de las mismas cuestiones. ¿Es la poesía el género ideal para ese tipo de narraciones?

De este modo se estructura “El sueño de ellas”, título que –indefectiblemente nos recuerda aquella película protagonizada por Mel Gibson, publicitario que a partir de un accidente doméstico descubre que puede escuchar los secretos y pensamientos de las mujeres que lo rodean. Noe, Pola y Li entran en contacto con el poeta, que nos cuenta los sueños y relaciones con estas tres mujeres. Pero volvamos a las cuestiones que fui estableciendo con este poemario a lo largo de mi lectura. La pregunta que guió el recorrido fue qué buscaba Soares escribiendo su quinto libro de poemas, el por qué de estas narraciones poéticas, la novedad que motorizaba el libro.

Es verdad que las observaciones del autor se destacan y que sus descripciones son meticulosas, o que maneja el lenguaje con soltura y sin caer en la trampa de la rima; logros que no pueden dejar de elogiársele. Sin embargo esa especie de narración en verso expone un indicio que no puede ser pasado por alto. Soares, intuyo, quisiera haber narrado las historias de su relación con estas chicas. Tal vez desde la trama de un cuento, o una novela, habría encontrado mayor espacio para expandir sus pensamientos y sincerarse narrativamente, dándonos a conocer con más osadía sus cuestiones amorosas. El lector siempre quiere saber más, hurgar en los espacios íntimos, descubrir nuevas aristas de las mismas cuestiones. ¿Es la poesía el género ideal para ese tipo de narraciones?

No quiero decir que el poemario carezca de valor, o que no se deje leer con apacible comodidad. Sí quiero decir que la poesía exige un esfuerzo más allá de la descripción o la trama. “En la poesía es la guerra”. La frase no es mía. Algo así -no recuerdo textualmente la cita- escribió Meschonnic de la poesía que, a diferencia de Gombrowicz no lo aburría, ni lo adormecía, sino que lo cacheteaba y mantenía en vilo. En la poesía las palabras tienen que ser descuartizadas y, en ellas, nuestro mundo privado. La poesía es desnudar a la chica sobre la mesa de disección, poner la daga en su cuello, abrirse el pecho uno mismo frente a todos, descubrir los dobleces que la vida en sociedad nos llama a esconder. La poesía debe ser despliegue y batalla, más allá de la “belleza”, del sonido de las palabras que, todo poeta en su intimidad, sabe apreciar. Sin ese barro en las manos, sin poner en juego más que la mostración de escenas y pensamientos, la poesía pierde su razón de ser.

“Las palabras no saben decirlo / no saben lo que dicen”, sugirió Meschonic en un intento de hacernos ver que es imposible narrar verso. De allí mi pregunta por la narratividad poética, hoy de moda. Es verdad que todos, como Gombrowicz, nos hartamos de la rima. Es verdad que ya no nos conmueve que las frases cierren y nos hagan recordar –en su cantito incesante- esa sonoridad repetitiva. Sin embargo esto no alcanza. Lo escribo sobre los versos de Soares, pero lo pienso por escrito, también por mí. En la poesía deben librarse nuevos conflictos, debe arruinarse algo, deben estamparse los manchones de los intentos frustrados y las heridas no cicatrizadas. Así sea////PACO