Internet


Fappening, deseo y fin del anonimato en la web

 

1. La crónica policial, o el libro de historia, o al menos el artículo de Wikipedia, dirá lo siguiente: el 31 de agosto de 2014, un anónimo (o un grupo de anónimos) publicó más de 200 fotos de famosas en un foro de 4chan. Las imágenes eran de celebridades (casi todas mujeres) con poca ropa, desnudas o incluso en acto sexual. Al parecer fueron obtenidas por un ataque de fuerza bruta (probar todos los passwords posibles) en el servicio iCloud, que hace backup de todas las imágenes que cada usuario toma con un dispositivo de Apple. Las fotos se distribuyeron por 4chan, Reddit y Imgur hasta llegar a las redes sociales mainstream como Tumblr y Twitter. De ahí saltaron a los medios tradicionales -que todo lo deforman- y el evento se conoció con el original nombre de CelebGate. Aunque las comunidades online prefieren “The Fappening”, mezcla de ‘happening’ y ‘fap’, la onomatopeya masturbatoria por excelencia. Google penalizó y cerró sitios que las hosteaban y Twitter suspendió toda cuenta que haya publicado alguna imagen involucrada. Las fotos están ahí, si saben buscar (y usar torrent). Después se encontró a un supuesto culpable, que niega su responsabilidad, y las noticias decantaron en su sopor habitual. Hasta ahí los hechos.

2. Si 2013 fue el año de las filtraciones de Edward Snowden y el año de las selfies, era inevitable (pero no previsible) que un evento como este sucediera en 2014. El Fappening dice mucho más de nosotros, como sociedad posposmoderna líquida urbanizada y capitalista, de lo que aparenta. Es incluso un state of the union de la web, señalando en qué punto se cruzan los vectores de la información, el narcisismo, la seguridad informática, el flujo de datos.

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3. Todo dato que haya sido alguna vez digitalizado es accesible de una forma u otra. Repetimos: todo dato es accesible. Fue la epifanía de Snowden. La NSA accede y registra todas las interacciones de la web. Los servicios de inteligencia pueden prender tu teléfono incluso cuando está apagado (salvo que le saques la batería) y usarlo para escuchar. Google sabe dónde estás, dónde estuviste y -por deducción- dónde vas a estar. Cualquier hacker no necesita mucho para prender tu webcam. Es demasiado fácil robar una tarjeta de crédito y demasiado barato comprar una base de datos. Internet nos recuerda que el mundo es un lugar violento, azaroso, desamparado.

4. El Fappening revela el funcionamiento del deseo. Internet contiene más pornografía legal, accesible y gratuita que la que cualquier ser humano puede ver en muchas vidas. Incluso muchas de las famosas cuyas fotos se filtraron aparecen desnudas en fotos de revistas y escenas de películas. Todo está a un click de distancia. Pero el deseo no quiere un objeto concreto. El deseo no quiere ser saciado. El deseo quiere desear. Por eso mirar la sucesión de 200 imágenes del leak, todas juntas, sin filtro y al azar, puede producir una especie de náusea, de sobrecarga sensorial. Ese mareo que narra Borges en El Aleph.

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5. Las reacciones a la publicación de las imágenes son más interesantes que las imágenes. Lena Dunham dijo que mirar las fotos “viola” (no aclara en qué acepción de la palabra) a las mujeres en cuestión “una y otra vez”. Curioso, viniendo de la trabajadora de un canal (HBO) que lucra, entre otras cosas, con el deseo sobre las mujeres. Emma Watson comentó que “peor que ver cómo se viola la privacidad de las mujeres en las redes sociales es leer los comentarios que demuestran una falta total de empatía”. Watson nació en 1990; sería esperable que entendiera cómo operan las redes sociales, y que uno de sus vectores es el odio. Otras celebridades, como Ariana Grande, protestaron argumentando que las fotos son falsas. Irrelevante: fake o no, existen. El Fappening, o que esas fotos supuestamente falsas se hayan filtrado con las otras, es mucho más importante por sí mismo que la falsedad de la imagen en sí. La foto existe, por ende es verdadera.

6. Tomemos una perspectiva de género sobre el tema: toda mujer es dueña de su cuerpo. Es un derecho inviolable. En muchos lugares del mundo es el único derecho que tienen. Violar su intimidad es un delito. Explotar la sexualidad de una mujer sin su consentimiento es ilegal e inmoral. Cosificar a la mujer, tomarla como objeto, medir sus cualidades sólo por su sexualidad, también está mal. (De paso, aclaro, a pedido de un funcionario macrista en Twitter, que “robar es malo”, como decía Homero Simpson).

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7. Leo una columna de Playboy titulada “Jennifer Lawrence no es un objeto para pasar de mano en mano”. Está firmada por Sara Benicasa, una comediante. Vuelvo al título. “Jennifer Lawrence no es un objeto”. Vuelvo a la publicación. Esta nota no salió en OhLáLá! Salió en Playboy. Una revista que lleva más de 60 años en el negocio de tratar a las mujeres como un objeto que se pasa de mano en mano. ¿Por qué necesita condenar la cosificación de la mujer en internet? Porque esas mujeres, las mujeres cuyas fotos se filtraron, no están en Playboy. Al menos no en ese número de Playboy. Y Playboy no puede lucrar con esas fotos. La nota podría resumirse en dos oraciones: “No cosifiquen a Jennifer Lawrence. Miren a todas estas otras mujeres que sí pueden cosificar”. Incluso tienen una entrevista a la actriz porno Asa Akira. Dice que es feminista, así que está bien si te masturbás pensando en ella.

8. Todas las celebridades de la filtración cedieron la explotación de sus imágenes, en mayor o menor medida, a una empresa de entretenimiento, sea para una serie, una película, o una revista. No conozco a todas las involucradas, pero estoy seguro de que, por ejemplo, las tetas de Kate Upton fueron vistas más veces antes de que se filtraran sus “fotos prohibidas”. Es decir que ellas ya eligieron ser cosificadas por Hollywood, a cambio de sumas variables pero generosas de dinero. Y ese es precisamente el problema. Hay películas enteras, con presupuestos millonarios, cuya única razón de ser son unas decenas de fotogramas de alguna de estas actrices desnuda. Quienes se benefician de ese negocio no pueden permitir que fotos de ellas circulen por internet, accesibles y gratis (aunque uno de los anónimos que las filtró haya intentado cobrar por ellas). De nuevo, el problema no es la violación de la intimidad ni la cosificación. El problema es que la desnudez de las celebridades es un capital que cotiza alto, y alguien lo robó para regalarlo. Twitter y Google censuraron todo muy rápido y no fue porque tengan una gran sensibilidad de género; fue porque los llamados de los abogados de Sony, Fox y Warner se atienden rápido.

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9. “¡Pero publicar esas fotos viola su intimidad!”, dirá un interlocutor imaginario. Por supuesto, pero ese no es el punto en discusión. Si encuentran las fotos, mírenlas bien. Presten atención. ¿Alguien está sufriendo en esas fotos? ¿Alguna de las celebridades es obligada? ¿Hay alguna pistola fuera de cámara que no estamos viendo? La respuesta a todo es no, por ende esas fotos se tomaron por decisión propia. Algo que por otra parte hace el 90% de las mujeres occidentales urbanas menores de 40 años. Algunas incluso le mandan esas fotos a otras personas. Algunas de esas personas también son hombres. Es la condensación del narcisismo actual. Si normalizamos la selfie, ¿por qué no normalizar la selfie desnuda? Todos lo hacen. Se supone que esas imágenes no deben ser robadas, pero internet, como dijimos, es un lugar violento y azaroso. Entonces, ¿por qué preocuparse porque alguien cosifique a una mujer? ¿No deberíamos ocuparnos, para empezar, de que esa mujer no se cosifique a sí misma? ¿No es cínico que la misma industria que cosifica a la mujer por una entrada de cine luego condene que se la cosifique gratis? ¿La columnista de Playboy le enseñará a sus hijas que hay cosas más importantes que ser Jennifer Lawrence, que ser linda, gustarle a los chicos, sacarse selfies, transformarse en objeto de deseo? ¿O estará muy ocupada combatiendo a los hombres que desean a las mujeres?

10. Si sabemos que todo dato es accesible, que todo es visible, se impone un neomoralismo digital. Antes era “si no querés que se filtre una foto tuya, no la publiques”. Ahora es: “si no querés que se filtre, no te la saques”. Más concreto: si no querés que algo se sepa, no lo hagas. Todo es público, opinable y condenable. Este proceso es paralelo a la normalización de la selfie, pero también a la pérdida de la anonimidad en la web. En los ‘90, internet y sus usuarios eran anónimos por defecto. Ahora lo normal es la cuenta de Facebook con nombre y apellido, la cuenta de Gmail accesible para el gobierno, la tarjeta de crédito para contratar un servicio, la identidad permanente. Si las empresas van a controlar el flujo de información (que es el flujo de capital), necesitan controlar también la identidad de quienes la difunden. Por algo las fotos aparecieron primero en 4chan y reddit, dos de los últimos lugares que permiten ser anónimo. Existe la deep web, la criptografía, el bitcoin, sí, pero son para minorías. La mayoría estamos ahí, en el bulto, con nombre y apellido aunque pataleemos. En unos años, cuando sólo seamos cabezas en frascos criogénicos conectadas por wi-fi, les contaremos a nuestros nietos de una época en la que internet era libre y anónima, como los gauchos narraban el campo antes del alambrado. Y ellos seguramente apretarán shuffle para escuchar otra cosa.///PACO