1. Una camisa beige, tirante en la cintura, adentro de un jean con cinturón, pelo castaño largo, los brazos haciendo ¯_(ツ)_/¯. La imagen del día del crimen de la semana: Ángeles Rawson, 16 años, apareció muerta en la cinta de separación manual de residuos del predio del CEAMSE de José León Suárez, tras desaparecer en el barrio de Colegiales. La noticia ya copó los medios y las burbujas de filtro de las redes sociales, y lo seguirá haciendo, explotando al máximo los límites del #findelperiodismo. No debe faltar mucho, por ejemplo, para que llegue a los portales mainstream la versión seprinesca que vincule el crimen con la pertenencia del padre de la víctima a una organización que reivindica a las víctimas de la “violencia guerrillera”. Tampoco falta mucho para que olvidemos todo el asunto.

2. El país de las estadísticas relativilizables, Argentina, sigue teniendo una de las tasas de homicidios más bajas de América Latina, región que a su vez es de las más violentas del mundo, apenas superada por África. Si bien no hay una medición indiscutible, y toda cifra depende en cierta medida de las denuncias, en nuestro país mueren 3,4 personas cada 100.000 en crímenes violentos. Apenas por abajo de Estados Unidos, con 4,8; bastante menos que las 21 de Brasil y muy lejos de Honduras, que encabeza el ranking con 91,6. También perdemos por goleada el mundial de asesinos seriales. Visto de otra forma, en Argentina hay unos 1360 homicidios por año, casi nada en comparación con los 8000 o más víctimas fatales de accidentes viales. Bastantes más, eso sí, que los 282 femicidios ocurridos en 2011.

3. En el tomo 75 de ese largo y diletante anecdotario personal que fue Peronismo, Filosofía política de una obstinación argentina, José Pablo Feinmann se toma la quincuagésima digresión subordinada para narrar una ucronía: En la Buenos Aires de 2014, que aún no llegó, un joven boliviano es ejecutado por asesinar a un empresario. La pena capital provoca el malón metafórico de la negrada que devora, mata y viola todo y convierte al país en tierra arrasada hasta que (spoilers) los detiene una bomba nuclear. En la mejor escena del relato, (otra vez, spoilers), el malón viola a la esposa del ministro de Seguridad. “(…) su esposa, siempre bella, siempre sexy, llevo años excitándome con ella. Las pajas que le he dedicado, doctor. Fíjese, hoy se me dio. Ya me la violé dos veces. La tercera no. Porque me lo pidió ella”, explica el líder. La fantasía final -sólo connotada en Casa Tomada; explícita en El Matadero- de la clase media blanca: violación, muerte, decapitación, pérdida de todo capital físico, simbólico y afectivo. Gore y porno para todos y todas.

4. “Ni siquiera le dieron tiempo a Facundo Arana de ir a buscarla”, ironizan en Twitter. En las pocas horas desde la desaparición de Ángeles hasta el posteo de su cadaver se puso en marcha ese aparato mediático conocido como Síndrome de la Mujer Blanca Perdida. El fenómeno que explica por qué los medios cubrieron mucho más la ausencia de la rubia Jessica Lynch en Irak que la de su compañera afroamericana Shoshana Johnson. O por qué todavía recibimos noticias de Maddie, desaparecida en 2007. El caso más resonante en Argentina, curiosamente, fue el de Candela, una chica de clase baja a la que buscaron durante una semana de agosto de 2011. Algo similar ocurrió por unas horas en noviembre de 2010, con una nena de Florencio Varela que quiso imitar uno de los mejores capítulos de Los Simpson. Si la temática de la damisela en apuros funciona en la ficción, ¿por qué no habría de hacerlo en la ficción que representan los medios? “Son dos niñas blancas en América, ¿qué más podés decir al respecto?”, pregunta Louis CK al exponer su perspectiva histórica.

5. Ni la exposición mediática previa o futura, ni la indignación previsible, ni ninguna opinión sobre el tema, ni el hecho de que los mismos medios publiquen la autopsia minimiza lo aberrante del crimen ni palia el dolor, acaso el más grande que pueda sufrir un ser humano y que el resto no podemos ni imaginar. Cuando el polvo se termine de asentar sobre el basural tal vez sepamos qué pasó. Ya sabemos por qué: porque el mundo es un lugar azaroso, irracional y violento. Mucho menos que hace cien o dos mil años. “No podés salir a la calle sin que te violen y te maten a tu hija”, proclama Baby Etchecopar, que sabe mucho de calle. Desde su perspectiva, Buenos Aires probablemente sea más violenta que Ciudad Juárez, donde para saber qué día es la gente se fija si hay algún cadaver colgando de un puente. Horas después de la aparición del cuerpo, en la pantalla de C5N, promociona su show teatral y comienza a entrevistar a M*rixa B*lli, que publicita algo relacionado a la feria de La Salada. No hay remate. Más o menos a la misma hora alguien crea una página de Facebook dedicada a la víctima. Los amigos se manifiestan. La abuela pide justicia. Los padres defensores de los derechos de las víctimas del terrorismo guerrillero en los ‘70 aparecen en SEPRIN. Surgen las “notas” sobre las “repercusiones” en las “redes sociales”. La burbuja de filtro no funciona en este caso: la indignación es universal. Eventualmente llegará el hastío. De la mano de alguna otra rubia.///PACO